Escrito alrededor del año 2004

Todos los elementos participantes fueron esclavos de la necesidad expresiva de Ruiz: Sus dedos y la pluma, fundidos en un abrazo, flirtearon sin cesar con el papel que recibía sumisamente la danza de la mano. Cada trazo iba formando palabras que pasaban del corazón al papel sin intermediarios influyentes.

Tras horas escribiendo, las palabras se vertieron sin cuidado en el papel y plasmaron, cual reflejo, la maraña de emociones, inseguridades y deseos que explotaban dentro del autor.

Ruiz finalizó el texto trazando el último punto con seguridad y con algo más de tinta que las letras previas. Entonces se recostó pesadamente sobre la silla y exhaló sacando de sí las tensiones. Por escasos segundos se sintió aliviado, como si sus palabras -¡sí, sólo suyas!- más que plasmar sus emociones, tuvieran el don de quitarle el peso que lo hundía.

Se alejó del papel y dio vueltas por la sala. Al instante lo invadió la ansiedad pues sabía que debía volver para realizar lo más difícil: Releer y corregir su texto.

Postergó su obligación, pero horas después retornó a la fiel silla que, tras años de servicio, tenía su forma y perfumaba su aroma. Antes de iniciar el escrutinio, inhaló profundamente y se recordó que no debía ser tan duro con su escrito porque nunca darían con él otros ojos que no fueran los suyos.

Su reflexión fue en vano porque apenas leyó, fue invadido por la inconformidad. De pronto, las palabras que tenía idealizadas como reflejos de su intimidad, se mostraron débiles, distantes y ajenas.

Empezó a tachar y a reemplazar palabras y expresiones. Sus prejuicios y los academicismos que conocía fueron cambiándolo todo. Poco a poco se opacó la blancura del papel y se crearon casi inconscientemente más y más parches que cubrieron para siempre las palabras originales.

Al finalizar releyó y sintió que su escrito estaba acorde con las normas: era corto, preciso y estéticamente agradable a la lectura. Se recostó sobre el espaldar y respiró profundamente. Al botar el aire se alivió, pero no fue agradable: Se quitó demasiado peso de encima.

Él, creador, tenía en frente una obra bien escrita, pero carente de profundidad, pureza y espontaneidad. Ruiz releyó una última vez su texto y entendió que el aquietamiento racional había enterrado todas sus voces: su fervor y su desesperación se habían teñido de elegancia y gracia, sus inseguridades se mostraron como comprensibles fallas de todo hombre y sus deseos reprimidos eran como sus sensatas aspiraciones por alcanzar.

Actuó en un instante de impaciencia. Al siguiente contempló el humo que emanaba de su escrito entre las llamas de la hambrienta e insaciable chimenea que tantos textos suyos había consumido. Arrepentido, Ruiz se acostó sobre la alfombra y se limitó a detallar las maderas del techo.