Escrito alrededor del año 2004

De cómo una muchacha inexistente ante la ley de pronto descubrió su doble identidad

Cuando somos dados a la luz terrestre, somos nombrados por alguien. Puede que las letras que nos definirán toda la vida sean dadas por un taratabuelo que no conoceremos o quizás por una madrina que asistirá sólo a nuestro primer cumpleaños. De cualquier modo, nuestra sociedad nos exige un nombre y con ello, una serie de documentos. Al nacer la ley registra nuestra existencia en una partida de nacimiento. Crecemos y en la adolescencia contamos con un pasaporte y un papel plastificado que no debe nunca abandonar nuestra cartera: la cédula.

Una mañana desperté exhausta por la vuelta de un viaje. Me dispuse a salir y, mecánicamente tomé mi cartera. Salí tranquila y me paré en un kiosko. “Un trident”, pedí. Iba a pagar cuando lo noté: no estaba la cosa rectangular, blanca y brillante que suele descansar en la tercera ranura de mi billetera. Registré todo, pero mi cédula había desaparecido.

Entonces, a falta de documentación, sentí como una nueva identificación. Se trata de una especie de etiqueta: “Indocumentada, inexistente, ilegal” y tantos otros sinónimos que concebía que cualquier mortal podía vislumbrar con sólo una mirada.

Temí manejar, temí comprar, temí ser vista por los policías, por las autoridades o por verdaderos ciudadanos. Ante mí, todos eran distintos, superiores, documentados. Y es que la sociedad y la ley rechazan a los descuidados que han perdido el preciado papel.

Tras la vana búsqueda, investigué sobre operativos de cedulación y supe que los de “Misión Identidad” estarían en un centro comercial cercano al día siguiente.

Fui bien temprano y para mi sorpresa y agrado, no había más que 20 personas en la cola. Me alisté y esperé mientras practicaba mi firma una y otra vez.

Cuando llegó mi turno me acerqué nerviosamente a la funcionaria de camisa roja. Respondí cada una de las preguntas: edad, estado civil, ¿estatura dice?, zona de residencia, Ejem, ¿centro de votación?, ¿disculpe, ha pedido usted mi peso? Y así ocurrieron varias imprudencias más.

Tomaron mi foto y eventualmente solicitaron el estampado de mi firma. Ella no salió como esperaba, pero no estaba dispuesta a reiniciar el proceso.

Al rato escuché mi nombre. Me aproximo ansiosa, expectante. Entonces mis manos tocaron el documento. Éste estaba encabezado por el triste “República Bolivariana de Venezuela”, pero en ese momento nada parecía triste.

Caminé unos metros con la cédula entre mis dedos. Donde pude, me senté y la contemplé. Poco importa que haya salido con un mechón atravesado y un cachete desproporcionado en la foto, poco duele el “Bolivariana” y poco molesta lo escueto de mi firma.

Más me alegraba tener la cédula que lo que me entristecía sus múltiples imperfecciones. Me dispuse a guardarla, donde siempre, en la tercera ranura, pero algo obstaculizaba su acceso. Pongo la cartera sobre mis piernas y reviso el espacio. Me topé con la materialización de una ironía, una especie de chiste poco gracioso explotó en mi cara: Allí, en el espacio de mi nueva cédula, hallé la otra cédula, la clásica, la de siempre.

¿Es esto posible? ¿Cómo pudo haber estado allí todo este tiempo? Perverso el que dijo “No pasa hasta que te pasa”. Triste, me pasó. Es así como entendí lo que hoy confieso: tengo una doble identidad.