Primer cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Rescate de una historia de un hospital

No fue en el Seattle Grace Hospital ni en el Westchester County General Hospital de Chicago, no. Fue en el caraqueño Hospital Clínico Universitario. Allí llegaría vociferando bien temprano la mismísima Trinidad Díaz del Socorro o ‘Señora Trina’, para el universo conocido.

–¡Que yo no tengo es nada! ¡No me metan aquí, con seguir mis recetas me arreglo!

Los médicos la exhortaban. ‘Cálmese señora’, ‘sólo queremos ayudarla’ y ‘no se preocupe, estará bien’, le repetían una y otra vez a la pobre Trina que sólo deseaba permanecer en casa y reinventar sus ungüentos.

Nada funcionó. Su hija decidió por ella. Fue registrada en la Sala de Hospitalización junto con tres convalecientes y, agotada por sus frustrados intentos, durmió pesado.

Despertó con el malestar que la había llevado a ese lugar, mas ocultó su vigilia y su dolor al sentir la presencia de la enfermera y sus chiclosos zapatos.

–Tranquila, señora, esos cálculos desaparecerán, por lo pronto, por favor descanse.

Dicho esto a la vecina de Trina, la portadora de los Crocs se retiró con unos exámenes. Con su ausencia, la recién llegada se animó y, propio de su naturaleza, intervino:

–¿Renales, mija?
–¿Perdón?
–Que si tiene usted esas piedras dolorosísimas, porque yo sé cómo disolverlas en un tris.
–¿De verdad?, ¡cómo así!
–Amiga, mete veinte gramos de varios tipos de maíz en agua hirviendo, déjalos en infusión unos quince y cuélalo. Toma una taza cada cuatro horas ¡y esas invasoras salen por abajo es en nada!
–¿De verdad? Estoy desesperada, señora.
–Sí, mija, acuérdate que el maíz tiene mucho potasio, lo que ayuda a que la gente vaya al baño. ¡Eso lo disuelve todo! Confía, lo que te digo es más fácil que comer compota y más rápido que un mototaxi.

“¡Agrjem agrrjem!”, escucharon los oídos de la Señora Trina. Se volteó y visualizó a otro paciente a dos camas de distancia, por lo que resolvió pararse e ir a la montaña.

–¡Y qué tiene usted con esa tos fea!
–Tengo unas dolorosas anginas.
–Sí se le ve, sí, esa garganta inflamada. Pa’ ver, –le pone la mano en la frente– por suerte no hay fiebre. Mijo, hágame caso, que no le hagan es nada, mande a su mujer a cocer dos papas medianas, que las envuelva en un trapo y que frote el paquete sobre su garganta por una noche…

–Amiga, ¿y para un esguince qué recomienda?– una mujer impidió la posible respuesta del anginoso.
–Pobre pequeño, mira ese pie… pero no te mortifiques, no le metas cuchillo, ¡nada de eso! ¡Si la naturaleza lo da, la naturaleza lo quita, sólo ayudemos un poco! Si es lo que creo, es algo leve. Ponle ese pie en agua fría unos minutos, luego báñalo con agua caliente y mucha sal marina. Eso, más un caldo de hueso de ternera, hervido, eso sí, al menos dos horas, ¡y listo, tu pequeño volverá a revolotear como nuevo!

La enfermera volvió sobre sus pasos al escuchar las voces del salón. Entró y sorprendió a la señora Trina recetando para curar una gota y una úlcera. Alarmada, llamó de inmediato al doctor tratante de nuestra alegre yerbatera, y comenzó para ella una ronda infernal de exámenes y tecnicismos.

Desconocidos, molestos y agotadores procesos monitorearon su enfermedad hasta la tarde. Vuelta a su habitación, su cuerpo pedía reposo pero su ánima sería fiel a las demandas circundantes. Durante sus pruebas se había corrido la voz y un coro de enfermos la esperaban y clamaban ahora por curas.

–¡Para el hipo crónico de mi niña!
–Mija, ¡te sobran remedios! Unas gotas de éter puro o cubos de hielo en el ombligo. También puede tomar un vaso de agua patrás, o darle azúcar empapado en vinagre, ¡haz cualquiera y eso se va rapidito!
–Señora Trina, ¿pa’l estrés por un hijo moribundo?
–Ese no se va fácil, pero una decocción ya fría de un puñado de pétalos de amapola alivia un tanto.
–Y para un pelo sin brillo y estas uñas quebradizas…– preguntó una voz aguda.
–Échate en la cabeza, como champú, la mezcla de una yema de huevo, una cuchara de aceite de oliva y otra de aguardiente. Y a esas uñas débiles, ¡wa!, ¡remójalas en jugo de limón y pronto te costará limarlas!
–¿Y para una laringitis?– fueron las nerviosas palabras de la portadora de los zapatos chiclosos.
–¡Cuasi doc! ¡Lo tuyo es una infusión de erísino en agua! ¡Tómatela fría con algo de azúcar y ‘cha cha chá’!

El coro continuaba, pero la Trina no tenía más energías. Se disculpó y, tras recetar contra unos oxiuros y unos párpados hinchados, cayó rendida.

Despertó aún agotada en horas de la madrugada. Para su suerte, nadie la rondaba, excepto su hija, que dormía en la silla contigua.

En una hazaña silenciosa y hábil tomó su libro y salió en busca de un pedacito de luz. Se sentó veloz al lado del bebedero iluminado y revisó su libro.

“No funcionó mi receta contra el agotamiento, ni contra los bultos o protuberancias. Tampoco contra vermífugos o hematomas. Menos resultaron mis ajos para el bienestar cardíaco y sanguíneo. ¡Qué rayos! ¡Qué dolor poder curar cistitis y abscesos, cardenales y estreñimientos y no poder quitarme esta cosa fea, cáncer de doctores!”

Se dispuso a volver a la habitación. Pero levantada, respiró profundo y posó su mano sobre su seno derecho: “Tranquila, lola, de esta salimos, lástima que no sea por nosotras mismas. Capaz la naturaleza necesite un poco más de ayuda de la que creíamos. Confía y ven, vamos a dormir que mañana entre remedio y enfermedad, necesitaremos este reposo.”

Arrastró sus pantuflas hasta la sala donde, igual de hábil que antes, entró sin hacer ruido alguno. A pesar de que su alma chorreaba preocupaciones y miedos, su cuerpo, silente, entró en la cama y cerró sus ventanas morenas.