Hacia la gran mansión
12/12/2009 12:23:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
No leía mucho. Revistas y recetas eran los contenidos que digería. Y, sin embargo, fue una lectura (y una infortunada intrepidez) la que acabó con su vida. Su bitácora de lecturas no fue un camino al crecimiento sino un puntillismo, una costelación de letras desconectadas, que terminaron en las tatuadas en los registros: "Tiempo de muerte: 16:32 pm".
Todo sucedió en una coincidencia catastrófica. Fue en el momento equivocado en que una persona cerró su ventana y provocó la proyección de un intenso rayo de sol que embistió contra sus ojos y la obligó a tornar la mirada hacia el lugar equivocado: el edificio Centro 63. No leyó "farmatodo" o "italca", fijó sus pupilas precisamente en el nombre del restaurante chino de la cuadra: "La nueva mansión", y atendió uno a uno los signos inferiores "符 号 中 的". Entonces gestó el pensamiento equivocado: "¡Qué manía de los chinos poner los nombres acompañados de signos, es obvio que uno no los entiende!, ¿será que necesariamente significan lo que dicen?"
Allí comenzó su marcha hacia la muerte. Realizó investigaciones y sólo encontró definiciones aproximadas de los signos que variaban según las combinaciones. Contrató a un asiático que le reveló que las coordenadas significaban algo semejante a: "No es una costumbre ni un placer asear o remojar a las dueñas de las uñas nuestras". En otras palabras, sentenció, los signos del restaurante gritaban: "No nos lavamos las manos".
Desesperada e inquieta, tomó la vía rápida al ocaso vital. Se obsesionó con el asunto y contrató a un sujeto para que trabajara en el restaurante y le informara si lo que referían los signos era una realidad. El hombre consiguió una plaza de trabajo y, desde adentro, comunicó la negativa: se aseaban, de hecho, regularmente.
Frustrada decidió lanzarse al agua. Fue a la Avenida Urdaneta y entró en el establecimiento que mediaba entre Farmatodo e Italca. Se sentó en la mesa de la esquina de La nueva mansión y ordenó, suspicaz, tallarines con ternera. Esperaba con ansias que la comida le dijera algo, pero solo hablaba de la mezcla de tallarines y terneras. Con curiosidad y malicia tomó el tenedor e ingullió, sin imaginar, su pasaje a la otra di-mansión.
Nadie sabe si su muerte fue causada por conjuras del traductor o del sujeto contratado para trabajar allí. Tampoco si tenía de hecho relación con la comida potencialmente carente de procedimientos higiénicos. Y menos si la atropellaron o no a la salida del restaurante y el narrador no se enteró.
Sólo se sabe lo relatado y que quien escribió las letras "Tiempo de muerte: 16:32" fue el doctor Lin Yo Wei.
Vi a Santa Clós comprando queso Gruyere
12/11/2009 03:40:00 a. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Roberto dijo que no era más que un hombre con rasgos similares o uno que lucía como él para imitarlo y trabajar en ferias y eventos. Yo le dije que no, que era él y que estaba haciendo las compras anticipadamente para reponerse del agite del 24.
Eso reafirmé porque en uno de los minutos mirándolo desde el puesto de las flores, me guiñó un ojo. Yo le digo a Roberto que es revelador, pero la verdad es que luego pensé que quizás, más que una seña para mí, el gesto fue consecuencia de la incomodidad de sus ojos ante el ataque de mosquitos térmicos que suele enviarle su enemigo en estas fechas.
Lógica
11/29/2009 10:29:00 a. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Eso recordé cuando, de la nada, tuve un chispazo: los cuerpos, para morir, enferman, padecen, se debilitan. Simplemente no sucede que, sin razón alguna, un cuerpo sano y un ánimo tranquilo que esté en movimiento se detenga y caiga sobre la acera, yerto. Es que el cuerpo humano, como el plátano y todo todo todo, es una estructura organizada. Es un organismo-máquina con sentido. Creo que cuanto nos rodea, aunque no entendamos, tiene una lógica.
Y sin embargo, esto de combustión espontánea me intriga sobremanera. Aunque, leyendo no es algo que eche en tierra mi hipótesis, solo es algo extraño, mucho muy extraño, que, aunque menos comprensible, tiene su lógica.
Esto
11/28/2009 09:45:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Blog de ideas, blog de anécdotas.
Lo comunicable, lo que desea ser leído.
Eso. Es esto.
Yo nunca
11/24/2009 09:20:00 a. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso

“Yo nunca… ¡Ya sé! Yo nunca he ido a ningún lugar”. Todos mirarían curiosos para saber quién había paseado sin rumbo, sin compañía, sin nada. Yo, honesta por el alcohol, tendría que beber, encogida de risas, encogida de la pena no ajena de un día triste mal asumido.
Y es que yo nunca había ido a ningún lugar. Siempre había ido a algún lugar, con alguna persona. De ordinario uno va hacia algo. Pero ese día, ese tatuado día, salí hacia la nada. Manejé flotando lentamente entre gente apurada, ocupada. Manejé dilatando la ansiedad. Zigzagueé posibilidades para sumirme en el reino sin respuestas. Nadé, metro a metro, hacia el desencanto.
Llovieron más y más preguntas. Las preocupaciones se escurrían incesantes por el vidrio. Todo era dolor y duda. Caos y miedo. Manejé mi ser entre la bruma húmeda y oscura y me uní a la sinfonía. Así, la lluvia externa e interna inundaron el vacío, hasta que, difusa, caí en aquel mar y reposé. Aquella calma estuvo próxima a cerrar mis ojos, pero el destello de amor y futuro los abrió y me sustrajo de aquella penumbra.
Todo esto evoqué, con aquel trago amargo de fiesta oxidada, pero reí. Al principio sin sentido, luego por una profunda sensación de gracia: me reí de mí misma y mi drama. De mi capacidad de mitigar la luz y examinar el dolor.
Entre risas, prometí en mis adentros nadar hacia la nada cuando necesitara, pero con la claridad de una conciencia amada, de un hilo valioso intransferible. "¡Salud!", celebré publicamente. En honor a mi compromiso conmigo.
La venganza de la naturaleza
10/26/2009 09:05:00 a. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
(que no consistió en terremotos, huracanes ni maremotos. No.)
Por Gabriela Valdivieso
Tras una noche pícara perceptible a través de su luna en cuarto creciente, amaneció el mundo envuelto en purpúreas y densas nubes. La humanidad estaba preocupada. Toda clase de interpretaciones se dieron, mas ninguna se alzó tras el acontecimiento ocurrido a las 10:13 am. Desde esa exacta hora y durante un exacto minuto llovió con fuerza. Mas lo que derramaron las nubes no fueron gotas de agua, sino cuerdas de saltar, cremas desmaquillantes y lechugas.
Profunda conmoción. Las bocas permanecieron abiertas, pero sin el movimiento que implica el habla. La humanidad permaneció silenciosa aterrorizada esperando. Esperando algo.
Segundo día, 10:12, a un minuto del caos.
… 56, 57, 58, 59, ¡¡-----!!
Gritos frenéticos, bocas desencajadas, cejas exageradamente alzadas, manos obsesionadas por cubrir y tapar revelaron la acción: El poder de los cielos se pronunció sin piedad sobre quienes habían modificado sus cuerpos de modos no naturales.
Las bocas operadas se tornaron grotescas y pesadas, sostenidas tan sólo por brazos nerviosos. Las barrigas de quienes se habían sometido a liposucciones crecieron y se hicieron inmensas. Las narices quirúrgicamente perfiladas se explayaron por cachetes. Los implantes crecieron hasta invadir los espacios e inmovilizar a los dueños. Las pieles estiradas cayeron derretidas más allá de las barbillas.
Las axilas modificadas científicamente para no permitir la aparición de pelos ni olores alejaron a los circundantes con insoportables hedores y nauseabundas cabelleras. Los traseros agigantados se hincharon con helio. Los lunares removidos se expandieron y sobresalieron como las rodillas. Los cabellos pintados se blanquearon hasta la transparencia. Los delineadores, rubores, labiales, esmaltes y sombras desaparecieron de las caras y se multiplicaron las supuestas imperfecciones.
De las cuentas de cirujanos plásticos desaparecieron los millones de dólares ganados por el oficio. Las vallas publicitarias de bellezas imposibles se esparcieron sobre las vías.
Crisis, desesperación, gritos hasta el agotamiento. Una vez más, el miedo y el silencio cobijaron la noche. Todos esperaban la hora de los desastres.
Tercer día, 10:13.
Desaparecieron los efectos del día anterior, pero no volvió el mundo a la normalidad. Las bocas operadas no volvieron a su tamaño posterior a la operación, sino al previo. Bocas, barrigas, cabellos, todos ellos tornaron a sus estados naturales. Regresaron los lunares y las arrugas. Regresó la gravedad sobre los senos y los traseros, sobre las pieles y las barrigas.
El mundo no reaccionaba. Esperanzados y temerosos, los hombres esperaron una vez más las 10:13.
10:09… 10:10… 10:11… 10:12…
Nada.
El mundo, como la luna, sonrió.
Muchos criticaron al cielo la fealdad regada. Pero otros, tantos otros, tomaron las cuerdas de saltar y las usaron. Recogieron las lechugas y las consumieron. Levantaron las cremas desmaquillantes. Y las botaron.
Plano contraplano
10/14/2009 08:50:00 a. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Tema: "Autoentrevista"Link original en Letras a litros
–Lo juro.
–Procedemos entonces: Señorita Gabriela Valdivieso, ¿un Seven up o una Seven up?
–¿Ah?, ¿que si quiero una Seven up?
–No, listo. ¿Cuál es tu canción favorita?
–¡Ah, ya entendí!, digo una Seven up, no un Seven up. Ajá, um, ¿y una canción? Siempre amé In my head, de No doubt. Es un poco extraño, pero me identifico con la sensación de desconfianza y estrés de la canción. Bueno, y ni hablar del ritmo, es enviciante.
–Ah, ya veo, ¿a qué le temes?
–Al hambre. Pero pensándolo bien no es propiamente al hambre, pues mal que bien se aguanta un poco. Mi aversión es hacia el desconocimiento del momento de comer o hacia la imposibilidad de hacerlo cuando realmente lo necesite. ¿Entiendes? Es algo así como que me llena de ansiedad pensar en quedarme sin comer y sin forma de resolverlo. De allí que siempre tenga alguna galleta María encima y que siempre esté previendo mis próximas comidas. Logro así evitar...
–¿...el miedo al miedo al hambre?
–¡Eso!, ¡eso es exactamente lo que tengo!, me aterra sentir ese terror por sentir hambre.
–¿Alguna curiosidad de tu cuerpo?
–(Se muerde la boca) Um... bueno, tengo muchas cicatrices de caídas, ¡ah, pero ya sé! ¿Curiosidades? Tengo un lunar con forma cuadrada en mi barriga. Es conocida en mi familia como mi bistec. Y tengo en la pierna una ¿mancha?, algo así, roja que siempre consideraré mágica. Si la presionas muy muy fuerte desaparece completamente y entonces reaparece sola. ¡Ah, sí! Y mi hermana descubrió que tengo un corazón en la frente, y es que cuando me recojo el cabello se ve clarito. La línea del inicio de mi cabello en el centro de la frente dibuja la parte superior de un corazón, ¿ves? (Se recoge el cabello y muestra lo descrito).
–(Risas) ¡Qué curioso! ¿Te identificas con algún personaje?
–Esa es fácil, ¡Amèlie! ¡Toda ella!
–Dime una pasión que tengas.
–Escribir, más, escribirme.
–¿Una adicción?
–La mayonesa (se apena).
–(Risas) ¿Y algún tema que te obsesione?
–La verdad.
–¿La verdad?
Vivo pensando y escribiendo sobre ella. Necesito, tarde o temprano, encontrar el modo de explicar al otro satisfactoria y claramente que la verdad es una, aunque las interpretaciones sean miles y aunque la dificultad por conocerla sea inmensa. Más allá de realidades evidentes, las no evidentes son igual de verídicas y tienen igual potencialidad de ser alcanzadas y comunicadas.
–Interesante, oye, veo que mueves mucho las manos, ¿tienes alguna otra costumbre peculiar?
–Sí, muevo las manos más o menos frenéticamente y hablo rápido... Ah, pero podría decirte que tiendo a inventar palabras y mezclar terminaciones. Sí, soy la Comunicadora Social que en su defensa de tesis dijo que la experiencia había sido muy "nutriciosa".

–(Risa) ¿Te has imaginado quién podrías haber sido en una vida pasada?
–(Risas) ¿De verdad…? Hey, olvidé preguntarte, ¿prefieres el papel lustrillo o el de construcción?
–¿Cómo? (Risas) Bueno, prefiero el lustrillo. Sus colores son más saturados, más fuertes, ¡más vivos!
–¡De hecho! Dime, ¿cuál es tu frase favorita?
–Tengo dos. Siempre me sentí muy cercana a una de Sócrates: "En vez de cárceles, escuelas". Y la otra es de Cesáreo Banderas, analista de la obra Don Quijote de la Mancha, dice: “Cervantes excluye lo sobrenatural porque incluirlo sería negar que la realidad es extraordinaria”. Estaré eternamente conmovida por estas palabras porque las creo desde cada fibra: la realidad es extraordinaria. En todo sentido.
–Espera espera, ¿qué tipo de luz prefieres, blanca o amarilla?
–¿Ah? Da igual. Bueno, no no, mentira. La blanca es genial para leer pero me he acostumbrado a la amarilla, creo que no podría tener todo de blanco. En parte porque duele mucho más la vista observar una luz blanca que amarilla, aunque también es verdad que…
–¡Ah!, ¿y tienes algo que no te quites?
–Sí, esta pulsera de tela. (Acerca la muñeca derecha) Es un regalo de mi persona.
–Dime una gran alegría de este año.
–¡Terminarlo en Venezuela!
–¿Una gran decepción?
–¡Shakira!
–(Risas) ¿Palabras que odias?
–Ecléctico, pseudo y onírico. También sinergia y alcance. Ah, y motivación, inconsciente y madurez. En fin, odio la jerga pretensiosa, corporativa y psicológica. Reconozco que he juzgado a personas en primeras impresiones por usar estas palabras.
–(Risas) ¿Y qué determina que una persona te caiga bien en una primera impresión?
–Es como emocional. Busco la energía. Me cae bien quien física y emocionalmente parezca sincero, abierto y cálido. Amo conocer gente habladora y comunicativa. Me encanta la gente que de alguna manera confía y busca empatizar. Es difícil de explicar.
–Creo entenderte (sonríe) ¿características recientemente descubiertas?
–De hecho, he descubierto mucho de mí últimamente. Siempre he sabido que soy como radical, pero no sabía que era tan determinista. A veces no veo tintas, no admito opciones. Otra cosa recientemente comprendida es mi desconocimiento y desinterés por el mundo real, por el día a día, por las noticias. Son cosas graves…
–Uy, ¿y algo positivo?
–He sentido que di un salto de penosa a osada. Ah, y creo realmente haber desarrollado algún tipo de inteligencia emocional. ¡Realmente me llena de alegría seguir descubriéndome!
–Dentro de los cambios, ¿qué permanece?
–Lo más arraigado: mi impulsividad, mi determinismo, mi rechazo a los cambios, mi capacidad para enrollarme, mi indiscreción y mi no tan aguzado sentido común. Pero también, por suerte, mi pasión, mi idealismo, mi afán por promover el bien y mi deslumbramiento con la verdad y el mundo.
–Por último, ¿un sueño?
–EL (entonación nítida) sueño es ver a mi familia y mis amigos felices, despertar cerca de Robi y comer papas fritas para siempre.
Se inclinó para levantarse y, ya de pie, su primer paso incluyó a ambas; a la que preguntaba y a la que respondía, a la infantil y a la reflexiva, a la creativa y a la impulsiva, a la dulce y a la apasionada… En ese instante, sonrieron. En el siguiente, también.
Retrospectiva
10/13/2009 08:44:00 a. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Tema: "Cómo mataron a Riera"
Link original en Letras a litros
(Desde Noelia De Paoli )
Todo inició en Tierra de nadie.
Lo veo a lo lejos y me alegro. No demasiado, pero bastante. Alzo la mano para saludarlo e invitarlo a acercarse. Viene, de hecho, pero lo primero que me dice es: "Mija, cómo te creció ese cabello, ¡de la nada!".
"De la nada". Meses debajo de estas hebras esperando que la pollina cubra mis ojos, pero no. Eso no es nada. Una gastadera en cortes de puntas, para na-da.
Esto, sin profundizar en el "mija", sembró algo dentro. Algo que encontró el modo de brotar libremente.
Fue en la marcha por apoyo a la Ley Orgánica de Educación. Una vez más, ingenua, lo veo y voy a saludarlo pero ¡oh, my god!, step back, ¡the star is near!: Leo estaba siendo entrevistado. Mi vista también lo entrevió, eso sí.
Me limité a escuchar las respuestas hasta que me aburrí. Entonces lo miré a él, el otro. Identico. Otro Leo Riera, pero ¡wow! con un arma apuntando al clon. Fue surreal y alucinante. Rápido e inesperado.
Y bueno... Uno ha empujado y presionado muchos objetos con los dedos a lo largo de la vida, ¿no? Pastas de dientes, goteros, tapitas de perfume, ¿no? Pues ese día, viendo a Riera apuntando a Riera algo se detonó metafóricamente que me motivó a detonar físicamente. Me refiero a sus palabras: "No se puede matar al que yace muerto".Fue más de lo que mis oídos podían soportar. No tenía sentido. Había dos de ellos, pero simplemente se mezcló todo: su "de la nada", su divismo, sus respuestas, su premonición de yacer muerto, su, ajá, sí, todo y simplemente tuve que hacerlo. Presioné los dedos de Riera ubicados en el gatillo y vi cómo el otro Riera cumplió con su sentencia.
De yacer, ¿pero muerto? Cielos, yo no quería, jamás lo hubiera hecho de no haber sido por esa conjunción extraña de acontecimientos. Es horrible, ¡nunca lo haría!, ¡no quería hacerlo! ¡jamás desee hacerlo! Um, bueno, quizás no jamás, pero nunca en serio. O quizás tampoco en broma. Quizás sí lo deseé algo más que un poco. Quizás algo dentro desesperaba por hacerlo. Quizás lo desee tanto que no hubo clon de Leo, quizás siempre fui yo quien lo apuntó hasta que el arma se hizo pesada y mis oídos se cansaron.
Y cuando me cansé me casé con un destino. Tras aquel ligero y pecador empujón de mis dedos, las sensaciones desfilaron a mi alrededor. La gente gritó, aunque no de euforia por verme. Todos se aproximaron a mí, aunque no por autógrafos. Y entonces sonó una sirena, pero no la del estrellato ni la de de la ambulancia que rescataría a algún fan conmocionado. No. De pronto estoy acá, precisamente acá, y pienso en "mijo" y en mí, ja. Ja.
Anhelosofía
10/06/2009 11:11:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso

Cuentan que era parte de la sociedad y se la valoraba por lo que era. No por lo que ofertaba, por banderas ideológicas o por fines adicionales.
Eso fue antes. Antes de que los matemáticos la redondearan, antes de que los científicos la edulcoraran, antes de que los comerciantes la compraran y la vendieran, antes de que las marcas la disfrazaran y de que los medios la manipularan y la sometieran.
Antes de que la devoraran. Antes de que la alcanzara el escepticismo y la carcomiera el relativismo.
Antes de todo esto ella nos amaba y nos dejaba aprehenderla y nosotros, dichosos, vivíamos con ella y por ella.
La leyenda predica que a pesar de nuestro reino de mentiras aceptadas y de versiones infinitas, la verdad nos extraña y está dispuesta a perdonarnos. Quienes esto conocemos confiamos porque la hemos oído cantar y sabemos que es capaz de gritar hasta hacernos despertar.
Los que
9/29/2009 11:07:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Laura jugaba con el mercurio de un termómetro cuando un destello ardiente atrapó sus ojos, como los de todos los posibles espectadores. Allí, en el cielo azul se alzó una gran mano blanca con un dedo firme señalando al otro lado. Y arriba, en formas espesas como las nubes dibujadas por infantes, las letras "NO VOLTEEN".Muchos obedecieron. Esperaron algo más y eventualmente siguieron haciendo cuentas y arreglando las uñas. Enviando mensajes y comprando chicle.
Pero otros muchos, tantos, escogieron diferente. Eran los filósofos, los escritores, los investigadores, los artistas. Más, eran los hombres curiosos y apasionados. Eran los que veían el cielo antes de contemplar la gran mano. Los que leían las letras pequeñas de los billetes, los que pensaban en las hormigas, los que se impresionaban de la unidad del mercurio. Los que derretían la cera y congelaban el alcohol.
Eran los que pensaban, los que imaginaban, los que dudaban. Los que se hacían preguntas. Todos ellos miraron al otro lado y la vieron. Luminosa y oscura, mística y palpable. Allí estaba, desnuda y coqueta, la verdad.
Estaba libre y asible para quienes la buscaban en las bufandas y en las calcomanías, en las aceras y en los resaltadores, en los reflejos y en las ramas. Para todos los que, porque sí, sentían por ella fascinación y compromiso. Fue un instante y el mundo cambió. Para esos muchos.
Acuosa
9/16/2009 11:03:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Tema: "Reflejo de uno mismo"Link original en Letras a litros
Le pregunté a un fiscal cómo llegar a la felicidad y se quitó la gorra. Le pregunté a un viejo y señaló el cielo. Le pregunté a una niña y me dijo firme "¡por allá!". Seguí la directriz de su dedo índice y lejos, al final del mundo, encontré un lago.
Me incliné sobre su orilla y detrás de mi reflejo vi quién quería ser. Yo, pero vaporosa, libre, clara y estable. Como el agua. Anhelé sus formas. Deseé su fluidez y su pasividad. Su fuerza y su adaptabilidad. Pedí al cosmos ser más yo, pero más agua. Quise de ella su confianza y su continuidad. Su seguridad. Su certeza de que no hay camino infértil, de que no hay barrera o fin posible. Su convicción de que el camino recorrido es el correcto. Segura de que todo estará bien.
Y como ha dicho una luz, ver ese reflejo ayudó. Imaginar que pensaré que todo estará bien es empezar a pensar que todo lo está, en realidad. Es confiar. Es empezar a vivir el sueño. Es abrir las manos a la lluvia.
* Ideas inspiradas por: esta caricatura y esta amiga.
Cu va
9/07/2009 11:00:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Cuando lo que toca, toca, no hay mucho que pensar. ¿Para qué, para qué? Cuando no hay opción no hay escogencia. Cuando no hay salida no hay camino.
Soy y somos. Esto y lo mismo. Y de mi Cuba conservo fijo un recuerdo sobre tantos:
Curo o "el Cu", mi amigo de la adolescencia, dijo un buen día que no aguantaba más. Que se iba. Cu se iba. Cu va. Cu fue entre las olas.
Y no supe más de él. Como no supe ni sabré de la vida de otra manera.
Gritos oscuros
8/31/2009 10:55:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Tema: "Sombra de una mujer"Cuento original en Letras a litros
Ella no existe, nada lo hace. Luz, color y movimiento son sólo engaños de sus ojos. Textura, tamaño y forma, mentiras de sus manos. Sonidos, maniobras de sus oídos. Sabores y aromas, tretas puras.Todo es espejismo y ficción, todo falsa percepción.
Tal pensaba cuando una mañana reparó en ella. Oscura y desplegada. Como pegamento, su sombra se adhería a la maquinaria de tantas mentiras. Debía ser aquella cosa otra ilusión. Una que jugaba con ella dejándose ver sólo con luz. Una que la perseguía hasta las últimas consecuencias. Movíase cuando ella lo hacía. Corría si su maquinaria corría.Oscura y perversa era ella su amiga y su enemiga. Estaba allí para mostrarle el error de sus razonamientos y sus largas dubitaciones.
Le probó su falacia. Ella existe, pues esa negrura es su límite. Su alcance. Su dimensión se agota en la extensión de la oscuridad. Existe además porque es perseguida. Existe porque es objeto de otro objeto. Es maquinaria de otra entidad.
Quiso dejar de existir, de verdad, pero se dejó ser. Permaneció con su compañera, odiando sus gritos de verdad y vida.
Capullito de Alejandro
8/26/2009 10:48:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Tema: "Cuento de horror"Link original en Letras a litros
“Porque tú sabes que sin ti la vida es nada para mí”, cantaban y a ratos tarareaban sus labios mientras extraía con tijeras dos figurillas de la tela blanca.
“Tú bien lo sabes, capullito de alelí”. Cosía alegremente los bordes de las siluetas humanas con hilo violeta.
“No hay en el mundo para mí otro capullo de alelí”. Rellenaba el muñeco de algodón amarillo y metía cuidadosamente los cabellos que había tomado.
“Que yo le brinde mi pasión”. A la altura de la cabeza de tela, introdujo semillas de castaña ‘un toque extra de frenesí’ y algunas contadas de naranjo ‘¡para que piense un poco más en la boda!’.
“Y que le dé mi corazón”. Sellaba la cabeza y procedía a decorarlo. Un punto en el cuello por el lunar de sus sueños. Lana oscura por sus cabellos negros como la noche. Una línea libre en su espalda por aquella cicatriz de sus aventuras. Botones de azul mar por esos ojos suyos.
Construyó su capullito y pronunció la sentencia: “Innani vudu osallito rooha Alejandro ila hazihilloba”.
Confiada de su eficacia, levantó al muñeco y lo tomó por su enamorado. Procedió entonces a darle cobijo y amor. A besarlo, a abrazarlo, a acariciarlo, a tocarlo todo.
Alejandro caminaba rumbo a casa cuando sintió la lluvia de amor y delirio. Perdió el control de sus extremidades y su mente y cayó en un banco solidario.
En él se explayó y sintió locura y deseo. Se contorneaba. Extendía su cuello a los lamidos celestiales. Sentía el mordisqueo infinito sobre su lunar, vivía aquel mágico toqueteo sobre sus cabellos. El placer máximo sobre sus más íntimas partes.Pensó en bodas. Pensó en ella. Éxtasis de amor. Mil gotas de pasión. Sonreía al sol. Lo consumía la más grande dicha, sin saber sobre sí la más grande dominación.
Gemía de placer sin sospechar que estaba a una discusión de distancia de una explosión de dolor. Lo esperaba, inevitablemente, una torrencial lluvia de alfileres.
Por el arte, de puntillas
8/26/2009 05:40:00 a. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
"La música es un eco del mundo invisible"
Giuseppe Mazzini
La realidad es extraordinaria, si es vista por los ojos del artista. Si no, no.
Para quienes viven la realidad con las manos del trabajo, de la rutina y la mundanidad, las alcantarillas gritan la verdad de las sociedades: las pudriciones e inmundicias. Las calles recogen la grasa de los vicios de los ciudadanos y el polvo acumula los errores sin arrepentimientos sobre los objetos y los seres.
Para ellos, quienes no ven, el mundo está lleno de alfombras raídas, clinejas desatadas, mentiras ocultas, lápices partidos, argumentos vacíos y falacias voladoras. ¡Más! De faros rotos, suerte selectiva, ladrillos incompletos, almas corrompidas y narices amorfas.
Así es el mundo, fatídico y oloroso a dolor y a desengaño para todos aquellos que miren hacia abajo y que respiren la materialidad de las llaves y lo sensorial de un refresco.
Pero el mundo es más. Entre tantos seres, hay quienes ven, desde un adentro, ven con emoción. Ellos, quienes sienten lo que ven, ven más. Al contemplar con la emoción, se des-cubre, bajo el velo, lo fascinante y trascendente. Se trata del mundo que conquista a los artistas. El que los obliga a vivir una suprarrealidad sin desprenderse del origen. Ésa es la dulce tensión: el adentro y el afuera.
El arte es una manifestación humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada a través de distintos recursos. Es, pues, la transformación de estímulos externos a través de realidades y visiones internas.
El arte conjuga el qué y el quién. Es la unión, en busca de un sentido, de cuanto es y de quien conoce. De allí que el arte permita ver. Que el arte sea, como predicó Kafka, una expedición a la verdad.
Para hacer conocer su verdad, el arte recurre al hombre. Se hace de él para dar a ver. El afortunado artista, gracias a su emotividad, gratitud y apertura, naturalmente se deja asir y escucha sin mayor fin. Escucha la canción cónsona y perfectamente imperfecta que chispea el mundo. Ve, con sorpresa y sin prejuicios, lo sublime y lo grotesco. Percibe las piezas blancas, grises y negras de esta melodía que irradia el mal llamado Universo. Percibe, con cada una de las notas de su interior, el Pluriverso infinito.
Así, quien vive el arte se deja tomar. Permite que sus sentidos y sus emociones capten, que la verdad fluya. Pero este don tiene un costo simbólico. Amerita un falso sacrificio. Un trabajo que no es tal. Se trata de un vivir de puntillas. Vivir desde una realidad, tendiendo a la otra. No hay otra forma de alcanzar la sinergia.
Sin embargo, lejos de ser un esfuerzo, esta forma de vivir es un impulso. Una necesidad. Es un deseo propio y congénito, porque quien ama el arte, quien siente el verdadero desprendimiento-dependiente por el arte, no conoce límites ni dificultades. Tan sólo posibilidades y deseos.
De allí que los siete artes, y los nacientes artes rellenos de tecnología y futuro, retraten y dancen sobre lo que es, lo que debe ser y lo que puede ser. Es el campo de las posibilidades deseadas y consumadas. Los actos y las potencias.
Por el arte dejamos que nos brote el esfuerzo de vivir la ficción desde la realidad. Por él, con palabras del actor, mimo y bailarín Lindsay Kemp y del literato Jorge Luis Borges, vivimos los sueños de papel, y los sueños que, desde el oficio de escribir o desde el placer de la lectura, nos dirigen pulso a pulso y página a página.
Así, por el arte esperamos a Godot, por él despertamos como cucarachas gigantes, por él vivimos en Macondo. Por él miramos con ansiedad a través del cerrojo de la puerta, por él dejamos que nuestras orejas se alarguen para ser elfos y que nuestras aletas desaparezcan para entender a Ariel.
Porque hay entrega, en el arte no hay peros y miramientos. No hay límites. Porque el sujeto artista se sabe afortunado, se limita a escuchar el susurro trascendente provisto de verdad con el único cálido esfuerzo de permanecer de puntillas: desde aquí, por el allá. Por la comprensión, por la percepción de la verdad.
Dulce ambición
8/18/2009 03:45:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
En algún lugar de la tierra, cuyas coordenadas no tengo en gana precisar, existía un niño que disfrutaba la pasta y los tequeños. Pero no tanto. Le gustaban los caramelos y el chocolate. Pero no había comparación posible. Nada, ni su carrito Súper Byper Cobra 2000, podía competir con ella. Su redondez. Su color. Su aroma. Su dulzura. Su sabor ácido al consumirla con agua fría. Su forma de acariciar la lengua. Era ella. La chupeta. Su pasión, su enamorada. Vestida de faldas rojas y letradas, lo embelezaba, lo conquistaba, lo inquietaba.
Veía chupetas en todas partes. En los anillos y los botones. En cada rueda y cada tapa. En la redondez infinita de un papel higiénico y de una cebolla. Estaba en las luces de los semáforos y en los fondos de los vasos. Todos eran como ella; redonda, pero diferente de ella; insípidas y mundanas.
Cuanto comtemplaban sus sus ojos en la tierra eran espejismos. Dolorosos engaños. Falsas versiones de su delicia roja. Pero sobre su cabeza, allá arriba, había algo que lo emocionaba. Sobre el gran lienzo oscuro se dibujan noche a noche estrellas, satélites y planetas. Todos redondos y brillantes. Todos vestigios más o menos similares a su querida, pero sólo uno parecía la fuente de las chupetas terrestres.
La luna. Su luna. Ella, el gran astro grisáseo, era la mayor chupeta concebible. Gigante y brillante, era el objeto de sus más dulces fantasías. Sabía que toda su superficie vivía en tenso acercamiento al núcleo, al más grande y jugoso centro líquido del inmejorable gusto interestelar. Tal pensamiento asía su alma. Lo mantenía al marco de la ventana. Noche tras noche. Ardía en el deseo de conocerla, de abrazarla. De morderla.
Debía ser astronauta, sin duda. Mas mientras no pudiera, la velaría y la cuidaría, la conquistaría con promesas rellenas de deseo. Pero debía, en tiempos más cercanos que tardíos, alcanzarla y recorrerla. Saborearla. La lamería entonces hasta las últimas consecuencias.
Pluriverso
8/10/2009 03:27:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Tema: "Piano"Link original en Letras a litros
—¿No es emocionante esto, el mundo? Los corazones laten, las iguanas son verdes, las mariposas vuelan, las gargantas soplan voces y el sol calienta. ¿No es esto una fantástica obra de arte?
—¿Ah, fantástica o fatídica? ¿Acaso no ves las alfombras raídas, las clinejas desatadas, las mentiras ocultas, los lápices partidos, los argumentos vacíos y las falacias voladoras? ¿Los faros rotos, la suerte selectiva, los ladrillos incompletos, las almas corrompidas y las narices amorfas?
—Sí, veo todo y lo veo fantástico. Es lo sublime y lo grotesco. Las blancas, las grises y las negras. Son todas piezas determinantes de este inmenso mundo. Somos los afortunados huéspedes de este mal llamado Universo. De este Pluriverso infinito. De este devenir incesante de colores, imágenes, tamaños, olores, texturas, vibraciones, reflejos, sabores, emociones, formas, pasiones y sonidos. Es esta inmensidad producto de un piano multiforme. Somos parte de una gran melodía. El mundo suena, chispea su canción cónsona y perfecta.
—¿A qué suena, si no a dolor y a desengaño?
—¡Shhh, escucha! ¡A vida y posibilidades!
Aprendiendo a errar
8/03/2009 03:24:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Tema: "El día que aprendí de mis errores"Link original en Letras a litros
Lo despertaron a la quinta llamada y alcanzó, antes de salir rumbo al colegio, a rayar de marcador morado el zapato de su hermana. A las ocho le dijo a la profe que no estaba tan delgada. A las nueve, en el recreo, ganó la partida con una carta de otro mazo. A las diez tomó un lápiz prestado para siempre. A las 11, tras la clase de Lengua, le arrancó una página al cuaderno de la niña que le gusta. A las 12 hizo esperar a su mamá en el carro.
En casa, a la 1 se negó a comer vegetales. A las 2 mató nueve hormigas con una desgastada lupa. A las 3 escondió el labial de la empleada doméstica y a las 4 le recordó a su hermanito que el cielo era verde y las cotufas anaranjadas.
A las 5 encerró a Pelos en el baño. A las 6 le dibujó un bigote al anciano del cuadro de la sala. A las 7 se comió las papas fritas de su hermana. A las 8 ensució de chocolate la corbata de su papá. A las 9 agujereó con el compás el ojo derecho de un peluche y a las diez jugó con Alka-Seltzer en perfumes.
A las diez lo enviaron a la cama y se entretuvo cortando retazos de un libro hasta las 11:59. Entonces, a un minuto de distancia del día siguiente, se arrodilló al lado de la cama, juntó sus manos y mirando al techo pronunció: "Gracias, Diosito, por permitir que los errores me hagan aprender como dice mamá. Gracias por todo. Nos vemos mañana." Se acostó mirando a la ventana. Le sacó la lengua a la luna y cerró los ojos. Hasta hoy.
Pasta de dientes
7/28/2009 03:20:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Tema: "El desafortunado encuentro de un
La coexistencia parecía perfecta, pero un día el velo de la ignorancia cayó y el conflicto se hizo palpable. Fue una tarde calurosa. Húmedo y asfixiado, el cepillo de dientes sobresalió por el cierre del bolsillo del morral de Luis cuando lo vio todo. Discretos y veloces, los dedos que día a día lo rodeaban con fuerza sostenían hoy el amarillo ticket y lo paseaban por la boca, su boca, y más, por los dientes. Por cada espacio entre sus dientes.
Completada la operación, Luis pudo haber guardado el boleto amarillo en el pantalón, pero no. Lo llevó directo a su enemigo. Intuitivo pero por desgracia impulsivo, el ticket reaccionó ante el peligro. Usó su delgadez y su rapidez para intentar dividir una a una las cerdas de su enemigo. Desconcertado ante el extraño ataque, el cepillo se alzó y dio inicio a la lucha real. Panza amarilla a cerdas blancas, cada cual presionó con las fuerzas posibles. El ticket anhelaba aplastarlo y doblar sus extremidades para hacerlo inútil. El cepillo, alto y fuerte, buscaba atravesarlo y violentarlo hasta desintegrarlo.
Es difícil saber quién ganó. Pero sabemos quién perdió. Cuando Luis abrió el bolsillo de su morral para encontrar con qué asear sus dientes, lo encontró todo devastado. El ticket, su querido mondadientes, se había humedecido y descuartizado con el contacto del cepillo sudado. El cepillo tenía por adherida cobertura una desagradable sustancia amarilla. Así, abrazados hasta la eternidad, el cepillo y su pasta colorada fueron alejados de la boca primigenia y desechados en el más sincero olvido del dueño de los picos engullidores.
Concepción
7/20/2009 03:14:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
«Se oyen los balbuceos del soñado bebé de ojos azules: “Ota”, “compoh”. Imagen de la compota con la voz en off: “Las mejores mamás reconocen sus llamados”». No no no no no, muy cursi… Vamos. «Una niña pronuncia, sin cesar, palabras como: “paleta”, “patata”, “muñeca”, “princesa” y otras palabras de tres sílabas. Sale entonces la imagen de la compota acompañada de un: “Las mejores palabras son parecidas.”.» Pausa, qué va. Más minimalista, más breve: «“¡Plop!”, el sonido de una compota abriéndose, seguida de la sonrisa de un joven.» Arg, fatal. Ummmm. «Niño y adulto están sentados frente a frente en la mesa. En el centro permanece una compota que ambos miran fijamente. Y es que, anuncia la voz en off: “El niño come compota para ser grande. El grande come compota para sentirse niño.”» ¡Ya va, ya va! ¡Lo tengo! ¡Los distintos públicos!
«Primer plano de una repisa del estante del supermercado. Vemos una única y solitaria compota que descansa en un espacio vacío y luminoso. Entonces se presentan una a una las situaciones. Todas veloces, llamativas. Iniciamos con el encuadre de la rueda carrito del supermercado y el zapato de una mujer. Suenan la chillona ruedita y el angustioso taconeo. De pronto vemos un dedo índice infantil apuntando. Aunque no lo veamos, imaginamos que es el bebé ideal, el de los ojos azules que apura a su madre hacia un objetivo. Oímos balbuceos nerviosos. La insistencia por llegar debe ser palpable. Luego vemos un joven que, nervioso y apurado, mira a los lados, espera no ser visto, espera ser más rápido. Un bastón y sus dos piernas, acompañado de "Disculpen, jóvenes dejen pasar a esta mujer enferma", se mueven deprisa por los pasillos. Imágenes alternadas de las historias, todas al compás de los latidos del corazón. “Pum pum, pum pum, pum pum, ¡PUM!”. Silencio. Imagen en blanco, un segundo y “¡¡¡¡¡¡CHAN!!!!!!!”, sonido de un platillo de batería. Entonces se nos revela el conflicto: Todas las manos rodean, a su modo, contextura, decoración y nivel arruguístico la valiosa compota. Zaz. Nada más. Imagen a negro.» ¡Voilà!
A modo de índice
5/18/2009 01:36:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
El concurso consistía en la escritura, en un plazo de 2 semanas de un total de 10 cuentos. Yo participé y obtuve el segundo lugar en la categoría de jóvenes entre 20 y 24 años.
Para leer los cuentos, revisar los posts de la categoría "Del I Rally Metropolitano".
A continuación una breve descripción, a modo de índice, de los ejes temáticos, las distintas pautas y los cuentos realizados:
Caracas para la vida
* La Trina y su botica: Rescate de una historia de un hospital
* Comprensión inusual: Relato de una situación de inseguridad
Caracas que recuerda
* Los santos y sus vestiduras: Relato basado en un objeto pintoresco de una casa cultural. Inspirado en la alacena de santos expuesta en una de las habitaciones de la Quinta de Anauco.
* La guillotina: Relato de los pensamientos y las sensaciones de una de las estatuas del Paseo los Próceres que resucita repentinamente.
Caracas más limpia
* Barrendero de desesperanzas: Texto basado en la reflexión del oficio de barrendero.
* Tiempo de limpiar, ¡a pata, aleta y mano!: Cuento infantil que parte del Planetario del Parque del Este y versa sobre la recolección de basura
Caracas en libre movimiento
* De cómo Laura Vidal se montó una buena tarde en un ruidoso mototaxi, vio el conjunto y tomó una resolución: Inspirado en un viaje en mototaxi.
* Asidua viajera del metro: Composición basada en frases de usuarios del Metro.
Caracas en medio del poder
* Si yo fuera presidente: El texto cuyo único requisito es tal titulación.
* Alguienes: Crónica sobre la cotidianidad urbana y el ejercicio de la ciudadanía.
La Trina y su botica
5/18/2009 01:34:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
I Rally Metropolitano de escritores
No fue en el Seattle Grace Hospital ni en el Westchester County General Hospital de Chicago, no. Fue en el caraqueño Hospital Clínico Universitario. Allí llegaría vociferando bien temprano la mismísima Trinidad Díaz del Socorro o ‘Señora Trina’, para el universo conocido.
–¡Que yo no tengo es nada! ¡No me metan aquí, con seguir mis recetas me arreglo!
Los médicos la exhortaban. ‘Cálmese señora’, ‘sólo queremos ayudarla’ y ‘no se preocupe, estará bien’, le repetían una y otra vez a la pobre Trina que sólo deseaba permanecer en casa y reinventar sus ungüentos.
Nada funcionó. Su hija decidió por ella. Fue registrada en la Sala de Hospitalización junto con tres convalecientes y, agotada por sus frustrados intentos, durmió pesado.
Despertó con el malestar que la había llevado a ese lugar, mas ocultó su vigilia y su dolor al sentir la presencia de la enfermera y sus chiclosos zapatos.
–Tranquila, señora, esos cálculos desaparecerán, por lo pronto, por favor descanse.
Dicho esto a la vecina de Trina, la portadora de los Crocs se retiró con unos exámenes. Con su ausencia, la recién llegada se animó y, propio de su naturaleza, intervino:
–¿Renales, mija?
–¿Perdón?
–Que si tiene usted esas piedras dolorosísimas, porque yo sé cómo disolverlas en un tris.
–¿De verdad?, ¡cómo así!
–Amiga, mete veinte gramos de varios tipos de maíz en agua hirviendo, déjalos en infusión unos quince y cuélalo. Toma una taza cada cuatro horas ¡y esas invasoras salen por abajo es en nada!
–¿De verdad? Estoy desesperada, señora.
–Sí, mija, acuérdate que el maíz tiene mucho potasio, lo que ayuda a que la gente vaya al baño. ¡Eso lo disuelve todo! Confía, lo que te digo es más fácil que comer compota y más rápido que un mototaxi.
“¡Agrjem agrrjem!”, escucharon los oídos de la Señora Trina. Se volteó y visualizó a otro paciente a dos camas de distancia, por lo que resolvió pararse e ir a la montaña.
–¡Y qué tiene usted con esa tos fea!
–Tengo unas dolorosas anginas.
–Sí se le ve, sí, esa garganta inflamada. Pa’ ver, –le pone la mano en la frente– por suerte no hay fiebre. Mijo, hágame caso, que no le hagan es nada, mande a su mujer a cocer dos papas medianas, que las envuelva en un trapo y que frote el paquete sobre su garganta por una noche…
–Amiga, ¿y para un esguince qué recomienda?– una mujer impidió la posible respuesta del anginoso.
–Pobre pequeño, mira ese pie… pero no te mortifiques, no le metas cuchillo, ¡nada de eso! ¡Si la naturaleza lo da, la naturaleza lo quita, sólo ayudemos un poco! Si es lo que creo, es algo leve. Ponle ese pie en agua fría unos minutos, luego báñalo con agua caliente y mucha sal marina. Eso, más un caldo de hueso de ternera, hervido, eso sí, al menos dos horas, ¡y listo, tu pequeño volverá a revolotear como nuevo!
La enfermera volvió sobre sus pasos al escuchar las voces del salón. Entró y sorprendió a la señora Trina recetando para curar una gota y una úlcera. Alarmada, llamó de inmediato al doctor tratante de nuestra alegre yerbatera, y comenzó para ella una ronda infernal de exámenes y tecnicismos.
Desconocidos, molestos y agotadores procesos monitorearon su enfermedad hasta la tarde. Vuelta a su habitación, su cuerpo pedía reposo pero su ánima sería fiel a las demandas circundantes. Durante sus pruebas se había corrido la voz y un coro de enfermos la esperaban y clamaban ahora por curas.
–¡Para el hipo crónico de mi niña!
–Mija, ¡te sobran remedios! Unas gotas de éter puro o cubos de hielo en el ombligo. También puede tomar un vaso de agua patrás, o darle azúcar empapado en vinagre, ¡haz cualquiera y eso se va rapidito!
–Señora Trina, ¿pa’l estrés por un hijo moribundo?
–Ese no se va fácil, pero una decocción ya fría de un puñado de pétalos de amapola alivia un tanto.
–Y para un pelo sin brillo y estas uñas quebradizas…– preguntó una voz aguda.
–Échate en la cabeza, como champú, la mezcla de una yema de huevo, una cuchara de aceite de oliva y otra de aguardiente. Y a esas uñas débiles, ¡wa!, ¡remójalas en jugo de limón y pronto te costará limarlas!
–¿Y para una laringitis?– fueron las nerviosas palabras de la portadora de los zapatos chiclosos.
–¡Cuasi doc! ¡Lo tuyo es una infusión de erísino en agua! ¡Tómatela fría con algo de azúcar y ‘cha cha chá’!
El coro continuaba, pero la Trina no tenía más energías. Se disculpó y, tras recetar contra unos oxiuros y unos párpados hinchados, cayó rendida.
Despertó aún agotada en horas de la madrugada. Para su suerte, nadie la rondaba, excepto su hija, que dormía en la silla contigua.
En una hazaña silenciosa y hábil tomó su libro y salió en busca de un pedacito de luz. Se sentó veloz al lado del bebedero iluminado y revisó su libro.
“No funcionó mi receta contra el agotamiento, ni contra los bultos o protuberancias. Tampoco contra vermífugos o hematomas. Menos resultaron mis ajos para el bienestar cardíaco y sanguíneo. ¡Qué rayos! ¡Qué dolor poder curar cistitis y abscesos, cardenales y estreñimientos y no poder quitarme esta cosa fea, cáncer de doctores!”
Se dispuso a volver a la habitación. Pero levantada, respiró profundo y posó su mano sobre su seno derecho: “Tranquila, lola, de esta salimos, lástima que no sea por nosotras mismas. Capaz la naturaleza necesite un poco más de ayuda de la que creíamos. Confía y ven, vamos a dormir que mañana entre remedio y enfermedad, necesitaremos este reposo.”
Arrastró sus pantuflas hasta la sala donde, igual de hábil que antes, entró sin hacer ruido alguno. A pesar de que su alma chorreaba preocupaciones y miedos, su cuerpo, silente, entró en la cama y cerró sus ventanas morenas.
Comprensión inusual
5/18/2009 01:32:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
I Rally Metropolitano de escritores
Clara 'Clarita' López trabaja en bienes y raíces. Para las tres de la tarde de un siete de marzo, Clara espera a Luisa Pereira, una de sus clientes, por lo que deja la puerta abierta. Cerca de la hora su hija ve televisión, su madre reposa en su cuarto y López alista los documentos. Entonces se escucha la reja cerrándose. "¡Pasa, Luisa!", celebra Clara. Termina de acomodar sus papeles cuando unos grandes zapatos marrones entran en el encuadre de su mirada. Nerviosa, mira a la izquierda y lo contempla. Un hombre alto, trigueño pronuncia una a una las palabras: "Lo siento, mami, nada de Luisa, esto es un atraco, y si colaboras me voy rápido y tranquilo".
Clara nunca fue valiente. En situaciones de peligro había reaccionado mal. Pero nunca había estado amenazada más que ella misma. La presencia de su familia motivaría sus acciones, las más concienzudas que realizaría en vida. Responde con una calma inesperada: "Bien, no te preocupes, yo te daré cuanto necesites, pero permíteme por favor meter a mi hija y a mi madre en un cuarto." Inicialmente el hombre rechaza su petición. "No vine a hacer caridad", diría. Sin embargo, Clarita lo convence con la promesa de que colaboraría, daría sus pertenencias sin objeciones.
El hombre la acompaña. La sigue rumbo al cuarto, oye la nerviosa petición y ve a la niña, curiosa, obedecer sin cuestionar la orden. Una vez cerrada la puerta, Clara prevé la impaciencia del hombre, por lo que inicia:
"No soy rica, pero cuanto he comprado es ahora tuyo. Tengo unas cadenas, algunos zarcillos de oro blanco, algo de dinero, una laptop, una computadora, dos DVDs, un perfume nuevo. Espera y te lo traigo todo."
Confundido, el hombre la sigue y la observa paso a paso mientras recoge sus pertenencias y las mete en un bolso de playa.
"No te preocupes, entiendo perfectamente, todos tenemos problemas", diría Clara.
El hombre desconfía, quiere irse, pero no encuentra qué decir.
La mujer simpatiza con su silencio apremiante, y continúa:
"Seguramente tienes problemas y situaciones que solventar –echa sus zarcillos y sus pulseras al bolso–. Si es que ya la vida normal de por sí es tan difícil –deposita con cuidado los perfumes envueltos en camisas–. Un mercado, un cine, todo tan caro –vacía la cartera y libera sus billetes–. No me imagino cosas realmente importantes y difíciles –guarda las botas francesas que le regalara su hermana–. Cómo hace la gente con familiares con enfermedades de esas caras. Por eso sí doy yo gracias a Dios…"
Va de lado a lado, llenando ya el segundo bolso mientras habla de la tasa de desempleo y la inflación que “nos consume a todos”. Tras unos minutos de movimiento, lleva los bolsos a la puerta, se voltea y da con sus ojos. "Hemos terminado –y las siguientes palabras no las olvidaría nunca el hombre:– Gracias. Gracias por permitirme proteger a mi familia."
El hombre sorprendido, alcanza a pronunciar nervioso: "Gracias a usted, realmente". Toma las maletas, se despide apenado y cierra la puerta.
No ve necesario amenazar para que no llame a la policía. Y ve bien. Clara se toma unos segundos antes de seguir actuando. Se sienta en el sillón y piensa en modificaciones vitales cuando suena el celular. Exhausta, lo deja sonar. Luego de tranquilizar a su madre y a su hija, escucharía a Luisa Pereira excusarse. Ella fue la última cliente a la que Clara esperó con la puerta abierta, pero no la última persona a la que entendería y perdonaría sin razón.
Los santos y sus vestiduras
5/18/2009 01:30:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
I Rally Metropolitano de escritores
Una dolorosa tarde de abril presenció su casamiento. A metros, el hombre cuyos pasos ha seguido celosa y secretamente fue sometido a la pregunta: "¿Acepta usted renunciar a María Alcira Astorga irremediablemente por todos los tiempos venideros y consecutivos?" Sí, sí, sí oyeron con ecos infinitos sus oídos. La pareja se besó. La celebración se dio. Mas desgarramiento, turbación y finalmente inconsciencia fueron los estados anímicos y opresores de la joven.
De modo que Alcita, como era llamada por sus hermanas, despertó la mañana siguiente con el corazón debajo de la cama. Enviudada de amor, decidió renunciar para siempre a la posibilidad de darse a otro.
La etapa subsiguiente no fue ligera en modo alguno. A pesar de sus intentonas, fueron muchas las veces que debió hacer visita con su familia a su sujeto, al mismísimo Sebastián Rodríguez del Toro, y a su señora esposa Brígida del Toro. Para atenuar las penas generadas por estos encuentros, Alcira ocupaba como podía sus días, su mente y su cuerpo. Se dedicaba al arte de coser, al cuidado de las flores y a la producción culinaria. Sin embargo, tan sólo el cultivo del alma; la lectura, la música y especialmente el rezo, constituyó un alivio real.
De todos los actores de su mundo; sus personajes, sus composiciones y sus santos, su predilección recaía en la Virgen de la Coromoto. Generosa, noble y comprensiva, ella conservaba sus secretos y acariciaba con cariño su ser y sus convicciones. Las otras voces, las de los héroes griegos, de las eminencias francesas y de los violines ingleses, todos ellos parecían reconocer su rango frente a la supremacía de la inmaculada.
Fue durante un paseo en las cercanías del río de Anauco, cercano a la casa de su imposible amor, donde Alcita alcanzó una comprensión superior. Quizás fue el flujo incesante de agua, quizás las aves que sobre su cabeza volaban, quizás la fuerza que sobre sí brindaba el cielo. De cualquier modo, captaría con nitidez: la luz solar coloreaba las calles, el viento barría las hojas, las sales condimentaban las carnes, las letras dan forma a las ideas, la tierra materializa las plantas, pero nadie, ¡nadie, nada!, vestía y cuidaba a los santos de este mundo.
Atravesada por la idea de la existencia de esta injusticia milenaria, Alcita dedicó su talento y su ímpetu a la causa de embellecer a sus figurillas de santos, especialmente a su Virgen de Coromoto. Tal fue la salida a sus dolencias. El amor por Del Toro recayó sobre aquellas piezas. El placer carnal y el trascendente se abrazaron con fuerza en el hábito de Alcira, quien se dedicó a ejecutar silenciosa y privadamente su oficio.
Así vivió Alcita los días y las noches de sus años, puntada a puntada y velo a velo. Venturosa, entendió y experimentó que la soledad no es más que el sol generoso durante los años de la edad, si quienes acompañan los caminos son los santos debidamente vestidos.
La guillotina
5/18/2009 01:28:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
I Rally Metropolitano de escritores
Fue la deposición número 3475 de una paloma la que gestó los acontecimientos a continuación narrados. Todo inició a unos treinta metros sobre Fuerte Tiuna. Una pesada paloma volaba hacia Paseo Los Próceres cuando sintió deseos de liberar sus intestinos. Urgida, calculó la distancia al suelo y, pareciéndole imposible llegar con velocidad suficiente, decidió lo imaginable. La blanquecina sustancia cayó y recorrió el camino directo al hombro de la estatua protagónica.
Salpicó sobre la piedra y, contra todo pronóstico, penetró en significativa parte por una fisura generada por otros líquidos semejantes. Adentróse la sustancia a tal grado y profundidad que gestó un hilo vital que removió la entidad externa e interna de la estatua aludida.
Eléctrica por los años de inmovilidad, la estatua-hombre animada se sacudió con fuerza, haciendo caer ramas, piedras y partículas de polvo. Abrió los ojos suyos y se congeló ante las imágenes que se movían a su alrededor.
Frente a sí, numerosos objetos con ruedas circulaban con rapidez, mientras civiles pequeños, y para su criterio desnudos, corrían e intercambiaban ruidos. Olía extraño y curiosas campanas sonaban incesantes en su cabeza.
Confuso, giró en torno a sí y vislumbró el cuadro del cual era parte: Sus compañeros de lucha, los próceres hechos piedra, lo rodeaban. Todos, notó pronto, incluyéndolo, estaban cobijados por la verde amiga, el Ávila. Estaba en Caracas.
Aunque consternado, algo más sereno miró a los altos cielos. Las nubes esponjosas flotaban sobre el cosmos. Percibió entonces la vida entre sus dedos. Sintió el deseo y lo consumó; saltó con fuerza fuera de la base que lo retenía.
El impacto asombró a los presentes. Un sujeto de piedra se levantaba con dificultad. Abandonaron todos las actividades, deteniéronse todas las ruedas circundantes, calláronse todos los ruidos citadinos cercanos.
“Buenas las tardes”, pronunciaron los duros labios del grisáceo.
Murmullos acompañaron el silencio derramado tras su frase.
“¿Podría, favor pido, alguno de los presentes informarme dónde me encuentro y cuál es el estado de las cosas?”
Silencio.
Caminó en círculo e insistió: “¿Acaso, repregunto, podrían ser ustedes los amables en explicarme la actualidad de Venezuela?”
Miradas curiosas le salpicaron.
“Veo que preciso es, para que me celebren y me apoyen, caraqueños, referirles cómo luché por ustedes… Fui durante mi vida férreo luchador y mano derecha del Gran Bolívar. Constituí la Junta de Liberación de Oriente, con la que di, unido a mis compañeros, independencia a Barcelona y Cumaná. Fui Comandante en Jefe del Ejército de Oriente, Jefe del Estado Mayor General del Ejército Libertador y Presidente del Consejo de Guerra de Oficiales Generales. Igualmente, fui ministro de Juez de la Alta Corte del Congreso de Colombia, dirigente principal de La Cosiata y líder de la Revolución de las Reformas.”
Una bomba de chicle explotó.
“¡Caraqueños, caramba!”
Una niña balbuceó: “¿Pero quién eres?”
“Don Santiago Mariño de Acuña y Anastasia Carige Fitzgerald me tildaron para la eternidad como ‘Santiago Mariño’, a sus órdenes.”
“¡Ah! Tú eres el que le dio el nombre a la ciudad, ¿no? ¡el Santiago de León de Caracas!”
“¡No, pero qué injuria!”
“¿El de Compostela es?”
“¡No, sandeces!”
Silencio.
“¡Mariño!, soy el apoyo de Bolívar, fiel luchador republicano, amante del proyecto grancolombiano.”
Silencio.
“¿Acaso, ustedes, venezolanos, no saben de mí?”
“Me suena lo que dices”, dijo una adolescente.
“Le sueno”, repitió el prócer.
Adolorido, giró sobre sí y caminó cabizbajo de vuelta a su espacio, a la plataforma donde sus compañeros-piedra reposaban.
Tras de sí los unos apuntaron:
“Pero estás en la Plaza, sabemos que eres importante”
“¡Te vi en clase en el colegio!”
“¡Mi papá sí se acuerda de lo que hiciste!”
De nuevo sobre la plataforma, ubicó sus pies en el espacio donde –el sucio ambiental lo revelaba– descansaban previamente sus extremidades. Miró hacia el empíreo y exclamó:
“¡Cuánto mejor permanecer de piedra que volverse carne y notarse restos. Luego de morir por cambiar la historia, qué pesar remorir por la guillotina del olvido y la no pertenencia a la historia gestada!”.
Un ave oscura se apoyó en su hombro izquierdo y con su trino sintonizó con Mariño, quien, cortado el hilo vital, se apartó de esta tierra para siempre.
“¡Qué desubicado!”, expresó alguno.
“Y qué dramático”, diría un otro.
“Pobre hombre”, pronunció un niño.
“Pobres nosotros”, susurró la madre.
Barrendero de desesperanzas
5/18/2009 01:24:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
I Rally Metropolitano de escritores
Tiempo de limpiar, ¡a pata, aleta y mano!
5/18/2009 01:18:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
I Rally Metropolitano de escritores
Pablo volaba muy muy alto por el cielo estrellado cuando escuchó un extraño barullo que lo hizo descender a su butaca. Inquieto, salió del Planetario del Parque del Este y se encontró de frente con el alboroto. Personas y animales reclamaban ruidosa y desordenadamente.
Curioso, le preguntó a la tortuga qué pasaba. "A c o n t e c e __q u e__l o s __m o n o s __d e__h u e l g a__s e__e n c u e n t r a n...", respondió con lentitud. Agradeció la respuesta y se hizo paso entre serpientes y ovejas, entre rinocerontes y camellos. "¿Por qué están de huelga los monos?", preguntó esta vez a la pantera, que respondió misteriosa y refinada: "No lo sé, mas es de mi conocimiento que muchos animales afirman irse si los monos continúan con la huelga".
Las protestas se hicieron más ensordecedoras, por lo que Pablo sintió necesidad de intervenir. "Alto", pronunció, pero los gruñidos y aullidos, los bramidos y bufidos proseguían con fuerza. "¡Alto!", gritó esta vez. El silencio le permitió preguntar a los monos qué ocurrió.
Los monos muy gestuales expusieron con formalidad inesperada: "No aguantamos más. Sabemos que los niños y adultos nos valoran, pero no estamos dispuestos a soportar más la contaminación a la que nos exponen. Botellas, servilletas, latas y envolturas son de los objetos que diariamente nos arrojan. Si no aprenden y cambian nuestras condiciones, no continuaremos con nuestros actos de acrobacia."
"Ni nosotros con nuestros recorridos atemorizantes", protestaron los tigres.
"Ni nosotros con nuestro espectáculo de trompas", se alzaron los elefantes
"¡Ni nosotros con nuestros cantos!", dijeron a coro las aves
Y volvió la algarabía.
Pablo pensó y dio con la idea. Llamó a la calma y con perseverancia logró la atención de todos y exclamó: “Si el problema es la basura, ¡por qué no todos hacemos algo por limpiar y por evitar la contaminación!”
Tras el prolongado silencio que sucedió a la frase, un colibrí muy verde descendió vistosamente de un árbol hasta la grama. Recogió con su largo pico un globo roto y la depositó en el cesto de basura. Una serpiente cascabel se aproximó con velocidad a Pablo, y reunió con su cuerpo tres botellas cercanas a sus pies. Nadie lo notó, pero un pequeño escarabajo empujó una colilla al cúmulo dejado por la tintineante serpiente.
Poco a poco cada uno ayudó como pudo. Mientras las personas dibujaban y pegaban carteles por el parque, las jirafas alcanzaban los papagayos que se habían depositado en los árboles, y los elefantes aplastaban con sus enormes patas las latas que las nutrias les acercaban.
Los leones con soplidos de sus fuertes rugidos desplazaban los cúmulos de desperdicios que afanosamente las garzas, ayudadas por los patos, recogían en bolsas. Por su parte, los monos, hábiles con las manos, anudaban con rapidez las bolsas que Pablo y los niños organizaban y sacaban del parque.
Con el esfuerzo de todos, el parque se despojó de residuos y recobró su esplendor. Los monos, alegres, regresaron a su espacio y realizaron sus mejores acrobacias. Las focas dieron sus más memorables presentaciones, los hipopótamos flotaron por mayor tiempo y las serpientes agudizaron especialmente su ardiente mirada.
Igualmente, las tortugas aparentaron más vejez y los elefantes, erguidos se vislumbraron aún más grandes. Los pavosreales intensificaron los tonos de su abanico y los leones rugieron como nunca habían escuchado los oídos de Pablo, quien, contento, tomó la resolución de asear más lugares para llenarlos del color, la alegría y la vida que se habían derramado sobre el querido parque.
De cómo Laura Vidal se montó una buena tarde en un ruidoso mototaxi, vio el conjunto y tomó una resolución
5/18/2009 01:16:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Pauta: Texto sobre viaje en mototaxi
A las 2 de la tarde la reflexión se resumió así: 20 mil en la cartera, a 20 minutos del inicio del examen final y a más cuadras de las que podía calcular. Preparaba su dedo para realizar cuanto evita: pedir un taxi, regatear y montarse en el vehículo de un desconocido, cuando frenó frente sí uno de la mitad de ruedas, una moto.
Amarilla, pequeña, ruidosa. Allí estaba, con su maleta amarrada con cabuya y con su letrero verde con fucsia: mototaxi. Alzó la mirada al cielo, y pareciéndole éste más azul y despejado que de costumbre, se sacudió inconscientemente la negativa inicial. Pensó en el peligro y el miedo, pero la sedujo la velocidad. Sus noes se descongelaban ante el calor del deseo de llegar a tiempo. La convenció un argumento: de todas formas haría algo atípico e inseguro, entonces, ¿por qué no escoger la opción que garantizara su objetivo, sacrificando por ello un poco de calma?
Dado el silencio de su mente, a pesar del pánico de sus rodillas, se lanzó a la aventura. Imaginaba que la transacción era más pintoresca, pero no:
–¿Cuánto para la Monteávila, por Boleíta Norte?
–25, mami.
–¿Pueden ser 20?
–23.
–Um, no, gracias, disculpe.
–Vale, 20.
Quería titubear, pero se montó con rapidez. Encontró donde descansar sus pies y, casco endeble puesto, la moto arrancó. Cuanto sentiría Laura desde ese momento distorsionaría sus miedos y sus convicciones, disminuyéndolas al nivel del piso sobre el cual las ruedas giraban sin pausa.
La abofeteó el viento, la acarició el sol, la toquetearon las cornetas y los silbidos. Allí, sobre el estrecho vehículo, el mundo era otro. Nada en común con los viajes en camionetica o en el carro de su vecino, nada. Sin techo, sin piso, sin más parachoques que ella misma, sus ojos percibían nuevos fotogramas. Sin paredes, la realidad le abrió caminos, las barreras desaparecieron.
Captó por ósmosis la visión global: ante su existencia interactuaban los centenares de carros paralizados, fiscales distraídos, transportistas desesperados, hombres que arrojaban basura, mujeres que cruzaban las calles, mecánicos tomando cerveza, panaderías cerradas, el pordiosero, el semáforo dañado, los animales muertos, las hojas que caen, las pisoteadas sobre las alcantarillas sobresalientes. Más aún, en un instante irrepetible percibió el ritmo frenético caraqueño, el estrés burbujeante de la sociedad de la cual es parte.
Ante las revelaciones, su corazón latía más rápido que el vehículo zigzagueante, sus neuronas trabajaban más velozmente que lo lento que se movía el resto del mundo. La barriga del hombre se constreñía dolorosamente con los dedos punzantes de una Laura desesperada por captar todos los estímulos, por atrapar la multiplicidad de elementos encerrados en un instante.
Con los ojos y el alma bien abiertos, penetró en ella la sinergia en la que participaba. Hormiguita de hormiguero, volaba para llegar a un destino físico, tan limitante, tan empequeñecido ante sus reflexiones. De pronto, la banda sonora que cobijaba sus ensoñaciones enlenteció sus notas, se acompasó al mundo real, se silenció hasta detenerse.
"Listo, ¿es acá no?", escuchó con claridad. Allí estaba su pobre objetivo: el edificio, el examen, el 20 que la esperaba. Ante la imposibilidad de hacer cosa diferente, descendió hacia la monotonía. El hombre esperaba algo, recordó, sacó el billete y se lo dio. "Dale mami, conserva esto", y le hizo entrega de una tarjeta negra. El hombre giraba mientras Laura leía: "Luis Soto, Cooperativa de Mototaxis – Los Ángeles de Chacao".
Iluminada, pronto retomó el ánimo. Guardó rápidamente la tarjeta delante de su cédula y tomó la resolución: Ahorrar para ¡no hay porqués que valgan! ser multiplicadora de su experiencia, salirse de la vida mal entendida y vivir en la energía; ser, pues, conductora de las veloces avispas caraqueñas.
Asidua viajera del Metro
5/18/2009 01:12:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
I Rally Metropolitano de escritores
¿Sentiste los temblores?
Y que por la frontera hay dos infectados de gripe porcina
¿Supiste lo del helicóptero?
Amy Winehouse está de pana demasiado demacrada
¿Viste que le apareció otro hijo al cura?
¡Qué increíble como ganó el Barça!
Ya comenzaron a racionar la luz
Ayer fui a la Onidex
¡No te oigo! Estoy en el Metro
Se me espichó la rueda trasera
Aguántame un pelo la bolsa
¿Viste la información que dio el ministro?
Si yo fuera presidente
5/18/2009 01:09:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Texto con el título "Si yo fuera presidente"
Te escribo para agradecerte por mi nuevo hermanito y para pedirte un favor. Sé que estás ocupado con asuntos urgentes, pero no te preocupes porque mi deseo puede esperar a que crezca un poco.
Te cuento, tuve una clase genial que me dio el chispazo. Tomé la determinación y te pido tu apoyo y tu ayuda. Quiero quiero quiero, cuando esté preparada, ser presidente.
Quiero ser presidente porque quiero cambiar el mundo, ¡quiero poner la mirada de la gente en los verdaderos problemas! ¡Quiero activarlos a todos en un proyecto feliz!
Para lograrlo, he pensado poner en vigencia un Plan de Presidencia que estima las necesidades y las posibles soluciones a los problemas reales, a los que escapan de lo económico y político. Entre mis determinaciones están:
Como estoy convencida de que el hombre complementa su formación en sus calles, lucharé por la mejora de la fiscalización de nuestras principales avenidas, porque los fiscales aligeran significativamente el tráfico. Asimismo, optimizaré los procesos de inflación de globos con el fin de decorar y hacer más gratos los espacios públicos de la ciudad.
Con el objetivo de fortalecer la magia que constituye la cultura, concentraré esfuerzos para perfeccionar la recaudación mensual obligatoria de cuentos y poemas de parte de la población.
Porque los valores son las alas de la sociedad, motivaré la inversión de los distintos sectores en la versión verdadera, y porque el ánimo de nuestra gente es el producto interno más importante, estandarizaré los operativos de vacunación contra la desesperanza.
Por último, pretendo activar con regularidad la figura del referéndum para conocer cuál es el grado de felicidad de la gente, y para estimar, en el fondo, si cada ciudadano está alcanzando las misiones y propósitos que profundamente anhela.
Éste es mi sueño, diosito. Quisiera llevar a la realidad estas prácticas porque deseo que la gente viva contenta y que la política sea buena y bonita. Quiero, como explicó la profe, poner aaaaaaaalta y grande la “p” de política. Después de todo, es la letra que inicia las mejores palabras. ¡Pizza, pintura, país, patines y princesa! ¡Que se estiiiire la política, que viva la Política!
Alguienes
5/18/2009 01:05:00 p. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Pauta: Crónica sobre la cotidianidad
Registran el bullicio, las pequeñas y débiles casas color naranja, los estacionamientos lentamente ambulantes y los miles de pequeños hombres. Desde arriba, los pequeños seres parecen comer, trabajar, amar y chocar sin pausa. Desde lo alto, las historias de los hombres son múltiples y son una; se tocan, se tachan y se modifican.
Uno de los emplumados vislumbra que alguien corre y tropieza con alguien que va fumando, que alguien escupe frente a alguien que come, que alguien guinda su ropa mojada y la escurre sobre otro.
El ave más veloz capta que alguien estornuda con la boca abierta, mientras que alguien da mal el vuelto, que alguien se colea y roza a alguien que corre con una cartera. Que algún conductor se detiene en el medio de la vía y que alguien se va sin pagar.
Otros captan que alguien comete un secuestro, a metros de alguien que vende carátulas vacías. Que alguien cruza donde no debe y alguien circula por el hombrillo. Alguien mata, y alguien maneja alcoholizado.
Cada uno ve y estima según sus formas y sus gustos. Juntos captan la cotidianidad y lo singular de las historias conectadas y conectables.
El ave más grande comparte con los demás:
Pobres hombres, son ciegos e invisibles.
The spotless mind
5/01/2009 05:34:00 a. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
Mientras sacaba la llave recordó. Volvió a introducirla y girarla. Entró y buscó el suéter. Se lo puso y tornó. Se disponía a cerrar la puerta cuando evocó la llave en el armario. Subió, la recogió, volvió y salió.
Caras irreconocibles la saludaron afectuosas en el camino a la Universidad. Terminó en el parque. Antojada por un helado, se dirigió al vendedor y hurgó en la cartera por el dinero que descansaba en su billetera sobre la cama, en casa.
Frustrada, recordó que en realidad tenía calor, por lo que se sacó el suéter. Se le cayó. Se agachó para recogerlo pero no encontró su mano derecha. Temerosa, buscó en vano su izquierda. Miró hacia abajo y vio la nada. No supo cómo se perdió completamente. Olvidó pensar.
Cuento de cuentas
5/01/2009 05:27:00 a. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
- Es 24 de diciembre, todo el mundo pasa el día en sus casas, normal, ¿no? digo, la gente puede terminar de comprar un regalo a última hora, retirar algún dinero o arreglarse en la peluquería, pero no mucho más allá ¿sí me entienden?
- En realidad no, traduce. - espetó Alberto.
- Pues que el 24 no se espera que alguien pase horas en el gimnasio, intente arreglar algo complejo o haga alguna tarea que puede esperar unos días, ¿no? ¿estoy equivocada?
- Bueno, pero ¿qué pasó? - interviene Carla.
- Es que es ¡tan in-creíble que merece un preámbulo inmenso! - ante las caras de sus amigos agregó - pero bueno, puedo resumir. La cosa es pues así: acabo de terminar de atender a un cliente, son casi las tres y media, falta poco para salir corriendo y olvidarse de todo cuando de pronto entra al banco una chama. Parecía normal, unos veinte años o por ahí, alta e insisto, normal. Uno piensa que está ahí semi obligada o con una diligencia menor que cumplir antes de ir a rumbear, ver a sus amigos o qué se yo, ¿lógico, cierto? ¡pues no! La chama me ve desocupada y se aproxima justo a mí. Me hago la loca, deseando que vaya con Freddy o algo, pero de nuevo, no. "Hola buenas" me dice. Devuelvo el saludo y me lanza la frase "Hola... vine con mucho sencillo, ¿puedo cambiarlo con usted o puede remitirme a una persona que pueda ayudarme?". Por su puesto que, en concordancia con las leyes de Murphy, justo el día anterior se llevaron las máquinas para contabilizar monedas.
- ¿Qué?, ¿te tocó hacerlo manual? Espera espera, ¿de cuánto estamos hablando?
- Em, depende, ¿cómo quieres saberlo? ¿En toneladas de peso, en billones de bolívares o quizás en los días que pasé contando?
- Dejemos que siga, Carla.
- Ok ok, recién dicha la frasecita se ocupa Freddy y Mariela sigue atendiendo a un señor ahí. No hay escapatoria, sea lo que sea me tocaba a mí. Le digo "Bueno, sí, yo misma, ¿cuánto es? ¿lo ha contabilizado?", me pasa una lista escrita en computadora con los montos e, ilustrando el documento, me responde "¡Oh, por supuesto! Todo está meticulosamente contado. Las monedas están separadas según su valor y...”
- Espera, Lu, pierdes credibilidad, ¿dijo "oh" y "meticulosamente"?
- Bueno, no sé, pero si no lo dijo, pudo haberlo dicho perfectamente. Tenías que estar ahí, fue increíble. Me explico; alza con cuidado su bolso sobre la taquilla y extrae una inmensa bolsa contenida por ¡millones de micro bolsas de distintos colores y tamaños! Desprende un delicado nudo y empieza a explicarme mientras saca las bolsas. "En este paquete están las monedas de 500, en la azul las de 100, en la verde las de 50, en la negra las de 20 y en la rosada las de 10. Me tomé la libertad de guardar en bolsas internas pequeñas sumas para facilitar las cuentas." Escéptica, inicié.
- ¿Y? ¿qué tal?
- ¡Carla!
- La precisión más absoluta. Tanto el gran paquete como los micro paquetes, los subpaquetes y los paqueticos contenían lo que decían las bolsas y la lista. Nunca he visto algo así.
- Venga, después de todo facilitó el trabajo.
- Pero ¡vaya trabajo!, En total fueron doscientos cincuenta mil.
- Wow, ¿y cero errores?
- Casi. Por ahí hubo una semi confusión. Según mi cuenta faltó una moneda de veinte para cumplir los 20.000 -porque esa es otra, todas las cifras eran redonditas, ¡pulcras!-. Me dispuse a reiniciar la cuenta cuando me interrumpe y me dice "Oh -bueno, no sé si dijo "oh" o no-, no se preocupe, preví que faltara alguna de veinte de ese paquete particular". Abrió un inmaculado monedero, me pasó el objeto metálico ¡y erradicó así el prevenido desliz!
- Pareciera que hubiese calculado el margen de error. Suena fantástico, literario casi - comentó Alberto.
- ¿Fantástico? A mí me suena mortalmente tedioso contar monedas por horas, ¿no?.
- Bueno, inicialmente sí fue fastidioso, pero luego, cuando entendí la perfección del sistema y lo engranado y organizado de su cerebro, todo pasó a ser, más que tedioso, onírico. Como dice Al, fantástico. No, miento, ¡surreal!
- Creo que exageran, ¿no dijiste que parecía una chama normal? Quizás es sólo obsesiva con el orden, estudia que si administración y disfruta contar.
- Nada que ver. Normal no es, creo que se camufla para parecerlo. Es como el protagonista de Una mente brillante. Debe percibir números y fórmulas en carros, canciones y olores. Quizás la realidad para ella es un conjunto de datos que únicamente su cerebro capta, conjuga e interpreta. En verdad después de ver tal despliegue de facultades, simplemente no la imagino hablando por teléfono, chateando o atándose los zapatos. Debe ser toda excéntrica siempre. Me pregunto cómo será su IQ, ¿tendrá amigos?, ¿cuántos idiomas hablará? ¿qué descubrimientos habrá hecho ya?, sobre todo, ¿creerá en Dios? En verdad quizás sea ella la próxima Mesías o deidad universal. Podría ser.
- Bah, o la próxima asesina en serie.
- O las dos. Sólo un Dios podría asesinar realmente en serie y en serio. - cerró Alberto.
Por un minuto, callaron.
El corte perfecto
5/01/2009 05:25:00 a. m.
Publicado por Gabriela Valdivieso
"El amor es eterno mientras dura" ‘Bueno, algunos no nos engañamos’, pensó Lucía mientras cerró el libro de refranes y empezó a alistarse para salir del trabajo. Tomó sus pertenencias y caminó hacia su casa.
Lucía no está enamorada. Nunca lo ha estado. Ahora sale con Alberto, a quien conoce hace pocos meses y porta la etiqueta de "novio". Tres son las semanas que Lucía pudo soportarlo. Lo quiso y lo intentó, pero no funcionó. Postergó y dudó, pero el corte se mostraba inevitable y ése era el día.
Lucía no quería terminar mal con Alberto. Él no era -como tantos- un patán o algo similar. De hecho, él era genial.
"- Quizás la vida trascurre dentro de un círculo.
- ¿Un círculo?
- Sí, ¿por qué no?
- ¿Te refieres a una visión cíclica de la vida y la historia, como creían los griegos?
- No. Digo que la humanidad ha estudiado la vida desde la vida y no desde un sistema externo. En mi carrera analizamos las interrelaciones y entendemos que nada funciona aisladamente. Un programa, una codificación o un sistema determinado pueden ayudar a comprender y abordar otro fenómeno. Quizás haya algo más comprensible que la vida que nos ayude a abordar la vida misma.
- Puede ser, ¿como qué?
- No lo sé, pero creo que es una idea con potencial.
- Cómo saber..."
Alberto no solía alcanzar conclusiones, pero si algo le había enseñado a Lucía es que hay bastantes más posibles abordajes de la verdad de las que ella había pensado. Es apasionada a la filosofía y Alberto -con acné, sin más de dos libros leídos y aún sin licenciatura- se considera un filósofo. "Bah, es un soberbio", pensó Lucía y ahuyentó los recuerdos.
Era un soberbio, un terco y un ser rutinario, pero era de esas personas que Lucía quería tener cerca siempre. Sin embargo, hasta entonces sus formas de cortar no habían traído buenas consecuencias. Molestia por meses, palabras groseras y desaparición eterna, eran de las reacciones que sus intentos habían recibido.
Cruzaba la calle apresuradamente cuando lo entendió. Quizás fue la corneta del Aveo o el frenazo de la Vitara, pero algo le evidenció que esta vez no estaba desesperada por terminar. Por el contrario, tranquilidad y seguridad eran sus emociones. Esta ocasión tenía la oportunidad de hacer, como dicen los carniceros, un corte perfecto. Recordó la película "Crimen Ferpecto" y se rió. Sí sí, la convenció el azul del cielo: la vida le permitía planificar el corte más apropiado para este dulce soberbio, rutinario pasional y terco filósofo.
Apuró su paso y razonó los elementos a considerar. Ropa, palabras, lugar, hora... De pronto concibió las dimensiones de su ambicioso objetivo: Ella -simple mortal, también con acné, sin licenciatura y sin grandes certezas de nada- pretendía decirle a la vida algo como "Querida, esta vez decido yo".
Evocó un ensayo de Poe e inició la confección de su obra vivencial a su modo y método. Acuñándose a sí misma el éxito o el fracaso de su empresa, se sintió maestra y creadora de la situación que empezó a concebir.
Como una gran artista o escritora lanzó pinceladas y letras mentales por los aires. Se imaginó frente a él con su camisa favorita y aquella falda de su hermana en un café o un restaurante, pero de inmediato descartó esos lugares. Había pocas cosas que ella odiara más que hablar algo "serio" en un contexto ruidoso, en el que conversaciones triviales invadieran las palabras que quería decir o escuchar.
Quiso un espacio solitario y tranquilo. ‘¿Su casa? No, no, en su terreno no. ¿Mi casa? No, podría irse molesto y no habría camino de vuelta que permitiera encauzar la situación. ¿Una plaza? Muy urbano y peligroso. ¿Un parque? Demasiado diurno y abierto, ¿Detenidos en su carro? Ni hablar.’ Entonces pensó en el mirador del restaurante del Club Táchira pues es un lugar apartado, silencioso, no tan abarrotado de gente y con buena música. Lucía dudó; un mirador podía propiciar el romanticismo. Sin embargo -dados sus planes- sería varias cosas antes que romántico.
Realizó checks mentales. Todo perfecto, sólo faltaban las palabras. Definió sus objetivos: quería una conversación pacífica, amistosa, sin culpas o acusaciones y provista de reflexiones, ideas y sentimientos. Pensó en su introducción. Descartó a priori el "tenemos que hablar" porque una vez su padre le explicó que las cosas que una buena mujer nunca debería decirle a un hombre son las terroríficas palabras anunciadas y las llorosas "Papi, ¿me quieres?"
Empezó a disertar: ‘"Caray, Al, llevo semanas pensando" No no, semanas son las que llevo con él, entenderá que nunca estuve satisfecha. "he estado pensando y la verdad es que" No, ¿cuál es la verdad?, ¿acaso he estado engañándolo? "Últimamente he sentido..." Al no encontrar peros mentales, continuó: "...que no somos tal para cual" ¡asco! "...que ya no es lo mismo" ¡Trillado! "...que no funcionamos.” Silencio. “En realidad no eres tú" ¡tacho!, lo que me falta es el falaz 'soy yo', ¡qué va! "...Me pareces increíble y disfruto estar contigo, pero creo que como pareja no eres lo que quiero ahora y realmente creo que no soy lo que necesitas. Por eso te propongo que..." Oh sí, por ahí va la cosa.’
Sonrió satisfecha. No quería herirlo, pero tampoco mentirle. Lo mejor era ser honesta y enfocar el asunto en lo macro: no está funcionando. Suspiró, se relajó e imaginó sus expresiones comprensivas, amistosas y carentes de orgullo o molestia.
"Bruta, ciega, sordomuda,
torpe, traste, testaruda,
es todo lo que..."
Extrajo de su bolso el ruidoso aparato y silenció a Shakira.
- Aló.
- Lu, ¿dónde estás? – preguntó Alberto.
- Hey, llegando a casa. De hecho a minutos, ¿por qué?
- Salí temprano, estoy cerca, ya te alcanzo.
- ¿Cómo?
- Sí sí. Dale que me quedo sin saldo. Chao.
Caos. Sólo esa palabra podía describir la sensación de Lucía. Sus pasos se hicieron zancadas. Debía llegar, hallar la falda en el cuarto de Carolina, cambiarse, maquillarse, calmarse y repasar sus líneas.
Vislumbró su casa y se acercó con rapidez. Miró su muñeca: "4:23”, acusó el reloj. Continuó su camino y, ya llegando, escuchó el conocido cornetazo. Le pidió al universo que, de algún modo, no fuera él sino cualquier otro ser montado en un vehículo con una corneta idéntica, pero se volteó y vio la WagonR frenando a su lado:
- Hey, Lu. – la saludó Alberto.
Lucía se quedó inmóvil maquinando cómo hacer para materializar su obra maestra.
- ¿Te montas?
- Pero…
Se subió al auto, confundida y expectante. Alberto aceleró, rodó sólo unos trescientos metros y frenó frente a la casa.
- Qué simbólico.
- Algo.
Alberto apagó el carro, se quitó los lentes, los guardó en el estuche y los introdujo, junto con las llaves, en el koala. Abrió la puerta y se dispuso a salir. Lucía se activó:
- Espera, ¿qué hacemos? No te dije que se me ocurrió una idea, ¿Por qué no vamos al Club Táchira? Verás, allí hay...
- No, Lu, realmente estoy agotado. Entremos a tu casa.
- Cielos, quizás sea bueno que descanses un rato y luego salgamos. El lugar es espectacular.
Silencio.
Incómoda, se bajó del carro después de Alberto. Se dirigieron a la sala y se sentaron en el sofá.
- Eh, ¿qué tal tu día? ¿por qué tan cansado? – interrogó Lucía.
- Me quedé despierto hasta tarde.
- Ah… oye, lo digo porque como te comentaba antes se me ocurre que descanses un rato y luego vayamos al restaurante del…
- Lu, tenemos que hablar.
- Hablar, claro, pero qué tal allá, la comida es genial, la música, la vista. ¡No sabes!
- Lu, creo que no debemos seguir.
- ¿Ah?
- He pensado y me parece que no hay sentido en continuar juntos.
- ¿Has pensado? ¿no hay sentido? Ya va, ¿me estás cortando?
Silencio.
- ¿Me estás cortando? O sea, ¿tú? Digo ¿a mí?
- Lu, no te sientas mal
- ¿Así? ¿ahora? ¿aquí? ¡Qué rayos!
- Caray, lo siento… ¿quieres que me vaya?
Alberto se quedó unos minutos callado esperando alguna reacción, pero ella se limitaba a respirar agitadamente y mirar al frente. Alberto se incomodó, se disculpó y se fue.
Lucía permaneció inmóvil, evocando cómo su obra vivencial y su gran proyecto y ambición se derritieron con el fuego de las palabras de aquel ser inoportuno, arbitrario, grosero y abusador.
- ¡Cómo se atreve! – masculló y continuó aturdiéndose con sus alborotados pensamientos.


