A modo de índice

Durante los meses de marzo y abril del presente año el Instituto Metropolitano de Caracas para la Juventud, de la Alcaldía Metropolitana de Caracas, convocó a jóvenes comprendidos entre 15 y 24 años a participar en el I Rally Metropolitano de Escritores.

El concurso consistía en la escritura, en un plazo de 2 semanas de un total de 10 cuentos. Yo participé y obtuve el segundo lugar en la categoría de jóvenes entre 20 y 24 años.

Para leer los cuentos, revisar los posts de la categoría "Del I Rally Metropolitano".

A continuación una breve descripción, a modo de índice, de los ejes temáticos, las distintas pautas y los cuentos realizados:


Caracas para la vida

* La Trina y su botica: Rescate de una historia de un hospital
* Comprensión inusual: Relato de una situación de inseguridad

Caracas que recuerda

* Los santos y sus vestiduras: Relato basado en un objeto pintoresco de una casa cultural. Inspirado en la alacena de santos expuesta en una de las habitaciones de la Quinta de Anauco.
* La guillotina: Relato de los pensamientos y las sensaciones de una de las estatuas del Paseo los Próceres que resucita repentinamente.

Caracas más limpia

* Barrendero de desesperanzas: Texto basado en la reflexión del oficio de barrendero.
* Tiempo de limpiar, ¡a pata, aleta y mano!: Cuento infantil que parte del Planetario del Parque del Este y versa sobre la recolección de basura

Caracas en libre movimiento

* De cómo Laura Vidal se montó una buena tarde en un ruidoso mototaxi, vio el conjunto y tomó una resolución: Inspirado en un viaje en mototaxi.
* Asidua viajera del metro: Composición basada en frases de usuarios del Metro.

Caracas en medio del poder

* Si yo fuera presidente: El texto cuyo único requisito es tal titulación.
* Alguienes: Crónica sobre la cotidianidad urbana y el ejercicio de la ciudadanía.

La Trina y su botica

Primer cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Rescate de una historia de un hospital

No fue en el Seattle Grace Hospital ni en el Westchester County General Hospital de Chicago, no. Fue en el caraqueño Hospital Clínico Universitario. Allí llegaría vociferando bien temprano la mismísima Trinidad Díaz del Socorro o ‘Señora Trina’, para el universo conocido.

–¡Que yo no tengo es nada! ¡No me metan aquí, con seguir mis recetas me arreglo!

Los médicos la exhortaban. ‘Cálmese señora’, ‘sólo queremos ayudarla’ y ‘no se preocupe, estará bien’, le repetían una y otra vez a la pobre Trina que sólo deseaba permanecer en casa y reinventar sus ungüentos.

Nada funcionó. Su hija decidió por ella. Fue registrada en la Sala de Hospitalización junto con tres convalecientes y, agotada por sus frustrados intentos, durmió pesado.

Despertó con el malestar que la había llevado a ese lugar, mas ocultó su vigilia y su dolor al sentir la presencia de la enfermera y sus chiclosos zapatos.

–Tranquila, señora, esos cálculos desaparecerán, por lo pronto, por favor descanse.

Dicho esto a la vecina de Trina, la portadora de los Crocs se retiró con unos exámenes. Con su ausencia, la recién llegada se animó y, propio de su naturaleza, intervino:

–¿Renales, mija?
–¿Perdón?
–Que si tiene usted esas piedras dolorosísimas, porque yo sé cómo disolverlas en un tris.
–¿De verdad?, ¡cómo así!
–Amiga, mete veinte gramos de varios tipos de maíz en agua hirviendo, déjalos en infusión unos quince y cuélalo. Toma una taza cada cuatro horas ¡y esas invasoras salen por abajo es en nada!
–¿De verdad? Estoy desesperada, señora.
–Sí, mija, acuérdate que el maíz tiene mucho potasio, lo que ayuda a que la gente vaya al baño. ¡Eso lo disuelve todo! Confía, lo que te digo es más fácil que comer compota y más rápido que un mototaxi.

“¡Agrjem agrrjem!”, escucharon los oídos de la Señora Trina. Se volteó y visualizó a otro paciente a dos camas de distancia, por lo que resolvió pararse e ir a la montaña.

–¡Y qué tiene usted con esa tos fea!
–Tengo unas dolorosas anginas.
–Sí se le ve, sí, esa garganta inflamada. Pa’ ver, –le pone la mano en la frente– por suerte no hay fiebre. Mijo, hágame caso, que no le hagan es nada, mande a su mujer a cocer dos papas medianas, que las envuelva en un trapo y que frote el paquete sobre su garganta por una noche…

–Amiga, ¿y para un esguince qué recomienda?– una mujer impidió la posible respuesta del anginoso.
–Pobre pequeño, mira ese pie… pero no te mortifiques, no le metas cuchillo, ¡nada de eso! ¡Si la naturaleza lo da, la naturaleza lo quita, sólo ayudemos un poco! Si es lo que creo, es algo leve. Ponle ese pie en agua fría unos minutos, luego báñalo con agua caliente y mucha sal marina. Eso, más un caldo de hueso de ternera, hervido, eso sí, al menos dos horas, ¡y listo, tu pequeño volverá a revolotear como nuevo!

La enfermera volvió sobre sus pasos al escuchar las voces del salón. Entró y sorprendió a la señora Trina recetando para curar una gota y una úlcera. Alarmada, llamó de inmediato al doctor tratante de nuestra alegre yerbatera, y comenzó para ella una ronda infernal de exámenes y tecnicismos.

Desconocidos, molestos y agotadores procesos monitorearon su enfermedad hasta la tarde. Vuelta a su habitación, su cuerpo pedía reposo pero su ánima sería fiel a las demandas circundantes. Durante sus pruebas se había corrido la voz y un coro de enfermos la esperaban y clamaban ahora por curas.

–¡Para el hipo crónico de mi niña!
–Mija, ¡te sobran remedios! Unas gotas de éter puro o cubos de hielo en el ombligo. También puede tomar un vaso de agua patrás, o darle azúcar empapado en vinagre, ¡haz cualquiera y eso se va rapidito!
–Señora Trina, ¿pa’l estrés por un hijo moribundo?
–Ese no se va fácil, pero una decocción ya fría de un puñado de pétalos de amapola alivia un tanto.
–Y para un pelo sin brillo y estas uñas quebradizas…– preguntó una voz aguda.
–Échate en la cabeza, como champú, la mezcla de una yema de huevo, una cuchara de aceite de oliva y otra de aguardiente. Y a esas uñas débiles, ¡wa!, ¡remójalas en jugo de limón y pronto te costará limarlas!
–¿Y para una laringitis?– fueron las nerviosas palabras de la portadora de los zapatos chiclosos.
–¡Cuasi doc! ¡Lo tuyo es una infusión de erísino en agua! ¡Tómatela fría con algo de azúcar y ‘cha cha chá’!

El coro continuaba, pero la Trina no tenía más energías. Se disculpó y, tras recetar contra unos oxiuros y unos párpados hinchados, cayó rendida.

Despertó aún agotada en horas de la madrugada. Para su suerte, nadie la rondaba, excepto su hija, que dormía en la silla contigua.

En una hazaña silenciosa y hábil tomó su libro y salió en busca de un pedacito de luz. Se sentó veloz al lado del bebedero iluminado y revisó su libro.

“No funcionó mi receta contra el agotamiento, ni contra los bultos o protuberancias. Tampoco contra vermífugos o hematomas. Menos resultaron mis ajos para el bienestar cardíaco y sanguíneo. ¡Qué rayos! ¡Qué dolor poder curar cistitis y abscesos, cardenales y estreñimientos y no poder quitarme esta cosa fea, cáncer de doctores!”

Se dispuso a volver a la habitación. Pero levantada, respiró profundo y posó su mano sobre su seno derecho: “Tranquila, lola, de esta salimos, lástima que no sea por nosotras mismas. Capaz la naturaleza necesite un poco más de ayuda de la que creíamos. Confía y ven, vamos a dormir que mañana entre remedio y enfermedad, necesitaremos este reposo.”

Arrastró sus pantuflas hasta la sala donde, igual de hábil que antes, entró sin hacer ruido alguno. A pesar de que su alma chorreaba preocupaciones y miedos, su cuerpo, silente, entró en la cama y cerró sus ventanas morenas.

Comprensión inusual

Segundo cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Relato de una situación de inseguridad

Clara 'Clarita' López trabaja en bienes y raíces. Para las tres de la tarde de un siete de marzo, Clara espera a Luisa Pereira, una de sus clientes, por lo que deja la puerta abierta. Cerca de la hora su hija ve televisión, su madre reposa en su cuarto y López alista los documentos. Entonces se escucha la reja cerrándose. "¡Pasa, Luisa!", celebra Clara. Termina de acomodar sus papeles cuando unos grandes zapatos marrones entran en el encuadre de su mirada. Nerviosa, mira a la izquierda y lo contempla. Un hombre alto, trigueño pronuncia una a una las palabras: "Lo siento, mami, nada de Luisa, esto es un atraco, y si colaboras me voy rápido y tranquilo".

Clara nunca fue valiente. En situaciones de peligro había reaccionado mal. Pero nunca había estado amenazada más que ella misma. La presencia de su familia motivaría sus acciones, las más concienzudas que realizaría en vida. Responde con una calma inesperada: "Bien, no te preocupes, yo te daré cuanto necesites, pero permíteme por favor meter a mi hija y a mi madre en un cuarto." Inicialmente el hombre rechaza su petición. "No vine a hacer caridad", diría. Sin embargo, Clarita lo convence con la promesa de que colaboraría, daría sus pertenencias sin objeciones.

El hombre la acompaña. La sigue rumbo al cuarto, oye la nerviosa petición y ve a la niña, curiosa, obedecer sin cuestionar la orden. Una vez cerrada la puerta, Clara prevé la impaciencia del hombre, por lo que inicia:

"No soy rica, pero cuanto he comprado es ahora tuyo. Tengo unas cadenas, algunos zarcillos de oro blanco, algo de dinero, una laptop, una computadora, dos DVDs, un perfume nuevo. Espera y te lo traigo todo."

Confundido, el hombre la sigue y la observa paso a paso mientras recoge sus pertenencias y las mete en un bolso de playa.

"No te preocupes, entiendo perfectamente, todos tenemos problemas", diría Clara.

El hombre desconfía, quiere irse, pero no encuentra qué decir.

La mujer simpatiza con su silencio apremiante, y continúa:

"Seguramente tienes problemas y situaciones que solventar –echa sus zarcillos y sus pulseras al bolso–. Si es que ya la vida normal de por sí es tan difícil –deposita con cuidado los perfumes envueltos en camisas–. Un mercado, un cine, todo tan caro –vacía la cartera y libera sus billetes–. No me imagino cosas realmente importantes y difíciles –guarda las botas francesas que le regalara su hermana–. Cómo hace la gente con familiares con enfermedades de esas caras. Por eso sí doy yo gracias a Dios…"
Va de lado a lado, llenando ya el segundo bolso mientras habla de la tasa de desempleo y la inflación que “nos consume a todos”. Tras unos minutos de movimiento, lleva los bolsos a la puerta, se voltea y da con sus ojos. "Hemos terminado –y las siguientes palabras no las olvidaría nunca el hombre:– Gracias. Gracias por permitirme proteger a mi familia."

El hombre sorprendido, alcanza a pronunciar nervioso: "Gracias a usted, realmente". Toma las maletas, se despide apenado y cierra la puerta.

No ve necesario amenazar para que no llame a la policía. Y ve bien. Clara se toma unos segundos antes de seguir actuando. Se sienta en el sillón y piensa en modificaciones vitales cuando suena el celular. Exhausta, lo deja sonar. Luego de tranquilizar a su madre y a su hija, escucharía a Luisa Pereira excusarse. Ella fue la última cliente a la que Clara esperó con la puerta abierta, pero no la última persona a la que entendería y perdonaría sin razón.

Los santos y sus vestiduras

Tercer cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Relato basado en un objeto de una casa cultural
(Inspirado en la alacena de santos expuesta en
una de las habitaciones de la Quinta de Anauco)

Una dolorosa tarde de abril presenció su casamiento. A metros, el hombre cuyos pasos ha seguido celosa y secretamente fue sometido a la pregunta: "¿Acepta usted renunciar a María Alcira Astorga irremediablemente por todos los tiempos venideros y consecutivos?" Sí, sí, sí oyeron con ecos infinitos sus oídos. La pareja se besó. La celebración se dio. Mas desgarramiento, turbación y finalmente inconsciencia fueron los estados anímicos y opresores de la joven.

De modo que Alcita, como era llamada por sus hermanas, despertó la mañana siguiente con el corazón debajo de la cama. Enviudada de amor, decidió renunciar para siempre a la posibilidad de darse a otro.

La etapa subsiguiente no fue ligera en modo alguno. A pesar de sus intentonas, fueron muchas las veces que debió hacer visita con su familia a su sujeto, al mismísimo Sebastián Rodríguez del Toro, y a su señora esposa Brígida del Toro. Para atenuar las penas generadas por estos encuentros, Alcira ocupaba como podía sus días, su mente y su cuerpo. Se dedicaba al arte de coser, al cuidado de las flores y a la producción culinaria. Sin embargo, tan sólo el cultivo del alma; la lectura, la música y especialmente el rezo, constituyó un alivio real.

De todos los actores de su mundo; sus personajes, sus composiciones y sus santos, su predilección recaía en la Virgen de la Coromoto. Generosa, noble y comprensiva, ella conservaba sus secretos y acariciaba con cariño su ser y sus convicciones. Las otras voces, las de los héroes griegos, de las eminencias francesas y de los violines ingleses, todos ellos parecían reconocer su rango frente a la supremacía de la inmaculada.

Fue durante un paseo en las cercanías del río de Anauco, cercano a la casa de su imposible amor, donde Alcita alcanzó una comprensión superior. Quizás fue el flujo incesante de agua, quizás las aves que sobre su cabeza volaban, quizás la fuerza que sobre sí brindaba el cielo. De cualquier modo, captaría con nitidez: la luz solar coloreaba las calles, el viento barría las hojas, las sales condimentaban las carnes, las letras dan forma a las ideas, la tierra materializa las plantas, pero nadie, ¡nadie, nada!, vestía y cuidaba a los santos de este mundo.

Atravesada por la idea de la existencia de esta injusticia milenaria, Alcita dedicó su talento y su ímpetu a la causa de embellecer a sus figurillas de santos, especialmente a su Virgen de Coromoto. Tal fue la salida a sus dolencias. El amor por Del Toro recayó sobre aquellas piezas. El placer carnal y el trascendente se abrazaron con fuerza en el hábito de Alcira, quien se dedicó a ejecutar silenciosa y privadamente su oficio.

Así vivió Alcita los días y las noches de sus años, puntada a puntada y velo a velo. Venturosa, entendió y experimentó que la soledad no es más que el sol generoso durante los años de la edad, si quienes acompañan los caminos son los santos debidamente vestidos.

La guillotina

Cuarto cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Relato de los pensamientos y las
sensaciones de una de las estatuas del
Paseo los Próceres que resucita repentinamente


Fue la deposición número 3475 de una paloma la que gestó los acontecimientos a continuación narrados. Todo inició a unos treinta metros sobre Fuerte Tiuna. Una pesada paloma volaba hacia Paseo Los Próceres cuando sintió deseos de liberar sus intestinos. Urgida, calculó la distancia al suelo y, pareciéndole imposible llegar con velocidad suficiente, decidió lo imaginable. La blanquecina sustancia cayó y recorrió el camino directo al hombro de la estatua protagónica.

Salpicó sobre la piedra y, contra todo pronóstico, penetró en significativa parte por una fisura generada por otros líquidos semejantes. Adentróse la sustancia a tal grado y profundidad que gestó un hilo vital que removió la entidad externa e interna de la estatua aludida.

Eléctrica por los años de inmovilidad, la estatua-hombre animada se sacudió con fuerza, haciendo caer ramas, piedras y partículas de polvo. Abrió los ojos suyos y se congeló ante las imágenes que se movían a su alrededor.

Frente a sí, numerosos objetos con ruedas circulaban con rapidez, mientras civiles pequeños, y para su criterio desnudos, corrían e intercambiaban ruidos. Olía extraño y curiosas campanas sonaban incesantes en su cabeza.

Confuso, giró en torno a sí y vislumbró el cuadro del cual era parte: Sus compañeros de lucha, los próceres hechos piedra, lo rodeaban. Todos, notó pronto, incluyéndolo, estaban cobijados por la verde amiga, el Ávila. Estaba en Caracas.

Aunque consternado, algo más sereno miró a los altos cielos. Las nubes esponjosas flotaban sobre el cosmos. Percibió entonces la vida entre sus dedos. Sintió el deseo y lo consumó; saltó con fuerza fuera de la base que lo retenía.

El impacto asombró a los presentes. Un sujeto de piedra se levantaba con dificultad. Abandonaron todos las actividades, deteniéronse todas las ruedas circundantes, calláronse todos los ruidos citadinos cercanos.

“Buenas las tardes”, pronunciaron los duros labios del grisáceo.

Murmullos acompañaron el silencio derramado tras su frase.

“¿Podría, favor pido, alguno de los presentes informarme dónde me encuentro y cuál es el estado de las cosas?”

Silencio.

Caminó en círculo e insistió: “¿Acaso, repregunto, podrían ser ustedes los amables en explicarme la actualidad de Venezuela?”

Miradas curiosas le salpicaron.

“Veo que preciso es, para que me celebren y me apoyen, caraqueños, referirles cómo luché por ustedes… Fui durante mi vida férreo luchador y mano derecha del Gran Bolívar. Constituí la Junta de Liberación de Oriente, con la que di, unido a mis compañeros, independencia a Barcelona y Cumaná. Fui Comandante en Jefe del Ejército de Oriente, Jefe del Estado Mayor General del Ejército Libertador y Presidente del Consejo de Guerra de Oficiales Generales. Igualmente, fui ministro de Juez de la Alta Corte del Congreso de Colombia, dirigente principal de La Cosiata y líder de la Revolución de las Reformas.”

Una bomba de chicle explotó.

“¡Caraqueños, caramba!”

Una niña balbuceó: “¿Pero quién eres?”

“Don Santiago Mariño de Acuña y Anastasia Carige Fitzgerald me tildaron para la eternidad como ‘Santiago Mariño’, a sus órdenes.”

“¡Ah! Tú eres el que le dio el nombre a la ciudad, ¿no? ¡el Santiago de León de Caracas!”

“¡No, pero qué injuria!”

“¿El de Compostela es?”

“¡No, sandeces!”

Silencio.

“¡Mariño!, soy el apoyo de Bolívar, fiel luchador republicano, amante del proyecto grancolombiano.”

Silencio.

“¿Acaso, ustedes, venezolanos, no saben de mí?”

“Me suena lo que dices”, dijo una adolescente.

“Le sueno”, repitió el prócer.

Adolorido, giró sobre sí y caminó cabizbajo de vuelta a su espacio, a la plataforma donde sus compañeros-piedra reposaban.

Tras de sí los unos apuntaron:

“Pero estás en la Plaza, sabemos que eres importante”
“¡Te vi en clase en el colegio!”
“¡Mi papá sí se acuerda de lo que hiciste!”

De nuevo sobre la plataforma, ubicó sus pies en el espacio donde –el sucio ambiental lo revelaba– descansaban previamente sus extremidades. Miró hacia el empíreo y exclamó:

“¡Cuánto mejor permanecer de piedra que volverse carne y notarse restos. Luego de morir por cambiar la historia, qué pesar remorir por la guillotina del olvido y la no pertenencia a la historia gestada!”.

Un ave oscura se apoyó en su hombro izquierdo y con su trino sintonizó con Mariño, quien, cortado el hilo vital, se apartó de esta tierra para siempre.

“¡Qué desubicado!”, expresó alguno.
“Y qué dramático”, diría un otro.

“Pobre hombre”, pronunció un niño.
“Pobres nosotros”, susurró la madre.

Barrendero de desesperanzas

Quinto cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Texto basado en la
reflexión de un barrendero

Tiempo de limpiar, ¡a pata, aleta y mano!

Sexto cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Cuento infantil sobre
la recolección de basura

Pablo volaba muy muy alto por el cielo estrellado cuando escuchó un extraño barullo que lo hizo descender a su butaca. Inquieto, salió del Planetario del Parque del Este y se encontró de frente con el alboroto. Personas y animales reclamaban ruidosa y desordenadamente.

Curioso, le preguntó a la tortuga qué pasaba. "A c o n t e c e __q u e__l o s __m o n o s __d e__h u e l g a__s e__e n c u e n t r a n...", respondió con lentitud. Agradeció la respuesta y se hizo paso entre serpientes y ovejas, entre rinocerontes y camellos. "¿Por qué están de huelga los monos?", preguntó esta vez a la pantera, que respondió misteriosa y refinada: "No lo sé, mas es de mi conocimiento que muchos animales afirman irse si los monos continúan con la huelga".

Las protestas se hicieron más ensordecedoras, por lo que Pablo sintió necesidad de intervenir. "Alto", pronunció, pero los gruñidos y aullidos, los bramidos y bufidos proseguían con fuerza. "¡Alto!", gritó esta vez. El silencio le permitió preguntar a los monos qué ocurrió.

Los monos muy gestuales expusieron con formalidad inesperada: "No aguantamos más. Sabemos que los niños y adultos nos valoran, pero no estamos dispuestos a soportar más la contaminación a la que nos exponen. Botellas, servilletas, latas y envolturas son de los objetos que diariamente nos arrojan. Si no aprenden y cambian nuestras condiciones, no continuaremos con nuestros actos de acrobacia."

"Ni nosotros con nuestros recorridos atemorizantes", protestaron los tigres.
"Ni nosotros con nuestro espectáculo de trompas", se alzaron los elefantes
"¡Ni nosotros con nuestros cantos!", dijeron a coro las aves
Y volvió la algarabía.

Pablo pensó y dio con la idea. Llamó a la calma y con perseverancia logró la atención de todos y exclamó: “Si el problema es la basura, ¡por qué no todos hacemos algo por limpiar y por evitar la contaminación!”








Tras el prolongado silencio que sucedió a la frase, un colibrí muy verde descendió vistosamente de un árbol hasta la grama. Recogió con su largo pico un globo roto y la depositó en el cesto de basura. Una serpiente cascabel se aproximó con velocidad a Pablo, y reunió con su cuerpo tres botellas cercanas a sus pies. Nadie lo notó, pero un pequeño escarabajo empujó una colilla al cúmulo dejado por la tintineante serpiente.

Poco a poco cada uno ayudó como pudo. Mientras las personas dibujaban y pegaban carteles por el parque, las jirafas alcanzaban los papagayos que se habían depositado en los árboles, y los elefantes aplastaban con sus enormes patas las latas que las nutrias les acercaban.

Los leones con soplidos de sus fuertes rugidos desplazaban los cúmulos de desperdicios que afanosamente las garzas, ayudadas por los patos, recogían en bolsas. Por su parte, los monos, hábiles con las manos, anudaban con rapidez las bolsas que Pablo y los niños organizaban y sacaban del parque.

Con el esfuerzo de todos, el parque se despojó de residuos y recobró su esplendor. Los monos, alegres, regresaron a su espacio y realizaron sus mejores acrobacias. Las focas dieron sus más memorables presentaciones, los hipopótamos flotaron por mayor tiempo y las serpientes agudizaron especialmente su ardiente mirada.

Igualmente, las tortugas aparentaron más vejez y los elefantes, erguidos se vislumbraron aún más grandes. Los pavosreales intensificaron los tonos de su abanico y los leones rugieron como nunca habían escuchado los oídos de Pablo, quien, contento, tomó la resolución de asear más lugares para llenarlos del color, la alegría y la vida que se habían derramado sobre el querido parque.

De cómo Laura Vidal se montó una buena tarde en un ruidoso mototaxi, vio el conjunto y tomó una resolución

Séptimo cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Texto sobre viaje en mototaxi

A las 2 de la tarde la reflexión se resumió así: 20 mil en la cartera, a 20 minutos del inicio del examen final y a más cuadras de las que podía calcular. Preparaba su dedo para realizar cuanto evita: pedir un taxi, regatear y montarse en el vehículo de un desconocido, cuando frenó frente sí uno de la mitad de ruedas, una moto.

Amarilla, pequeña, ruidosa. Allí estaba, con su maleta amarrada con cabuya y con su letrero verde con fucsia: mototaxi. Alzó la mirada al cielo, y pareciéndole éste más azul y despejado que de costumbre, se sacudió inconscientemente la negativa inicial. Pensó en el peligro y el miedo, pero la sedujo la velocidad. Sus noes se descongelaban ante el calor del deseo de llegar a tiempo. La convenció un argumento: de todas formas haría algo atípico e inseguro, entonces, ¿por qué no escoger la opción que garantizara su objetivo, sacrificando por ello un poco de calma?

Dado el silencio de su mente, a pesar del pánico de sus rodillas, se lanzó a la aventura. Imaginaba que la transacción era más pintoresca, pero no:

–¿Cuánto para la Monteávila, por Boleíta Norte?
–25, mami.
–¿Pueden ser 20?
–23.
–Um, no, gracias, disculpe.
–Vale, 20.

Quería titubear, pero se montó con rapidez. Encontró donde descansar sus pies y, casco endeble puesto, la moto arrancó. Cuanto sentiría Laura desde ese momento distorsionaría sus miedos y sus convicciones, disminuyéndolas al nivel del piso sobre el cual las ruedas giraban sin pausa.

La abofeteó el viento, la acarició el sol, la toquetearon las cornetas y los silbidos. Allí, sobre el estrecho vehículo, el mundo era otro. Nada en común con los viajes en camionetica o en el carro de su vecino, nada. Sin techo, sin piso, sin más parachoques que ella misma, sus ojos percibían nuevos fotogramas. Sin paredes, la realidad le abrió caminos, las barreras desaparecieron.

Captó por ósmosis la visión global: ante su existencia interactuaban los centenares de carros paralizados, fiscales distraídos, transportistas desesperados, hombres que arrojaban basura, mujeres que cruzaban las calles, mecánicos tomando cerveza, panaderías cerradas, el pordiosero, el semáforo dañado, los animales muertos, las hojas que caen, las pisoteadas sobre las alcantarillas sobresalientes. Más aún, en un instante irrepetible percibió el ritmo frenético caraqueño, el estrés burbujeante de la sociedad de la cual es parte.

Ante las revelaciones, su corazón latía más rápido que el vehículo zigzagueante, sus neuronas trabajaban más velozmente que lo lento que se movía el resto del mundo. La barriga del hombre se constreñía dolorosamente con los dedos punzantes de una Laura desesperada por captar todos los estímulos, por atrapar la multiplicidad de elementos encerrados en un instante.

Con los ojos y el alma bien abiertos, penetró en ella la sinergia en la que participaba. Hormiguita de hormiguero, volaba para llegar a un destino físico, tan limitante, tan empequeñecido ante sus reflexiones. De pronto, la banda sonora que cobijaba sus ensoñaciones enlenteció sus notas, se acompasó al mundo real, se silenció hasta detenerse.

"Listo, ¿es acá no?", escuchó con claridad. Allí estaba su pobre objetivo: el edificio, el examen, el 20 que la esperaba. Ante la imposibilidad de hacer cosa diferente, descendió hacia la monotonía. El hombre esperaba algo, recordó, sacó el billete y se lo dio. "Dale mami, conserva esto", y le hizo entrega de una tarjeta negra. El hombre giraba mientras Laura leía: "Luis Soto, Cooperativa de Mototaxis – Los Ángeles de Chacao".

Iluminada, pronto retomó el ánimo. Guardó rápidamente la tarjeta delante de su cédula y tomó la resolución: Ahorrar para ¡no hay porqués que valgan! ser multiplicadora de su experiencia, salirse de la vida mal entendida y vivir en la energía; ser, pues, conductora de las veloces avispas caraqueñas.

Asidua viajera del Metro

Octavo cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Composición basada en
frases de usuarios del Metro
Asidua viajera del metro

¿Sentiste los temblores?

Y que por la frontera hay dos infectados de gripe porcina

¿Supiste lo del helicóptero?

Amy Winehouse está de pana demasiado demacrada

¿Viste que le apareció otro hijo al cura?

¡Qué increíble como ganó el Barça!

Ya comenzaron a racionar la luz
En Metro chama porque Luis no apareció
Ayer fui a la Onidex
¡No te oigo! Estoy en el Metro
Se me espichó la rueda trasera
Aguántame un pelo la bolsa
¿Viste la información que dio el ministro?

Si yo fuera presidente

Noveno cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Texto con el título "Si yo fuera presidente"
Querido Dios:

Te escribo para agradecerte por mi nuevo hermanito y para pedirte un favor. Sé que estás ocupado con asuntos urgentes, pero no te preocupes porque mi deseo puede esperar a que crezca un poco.

Te cuento, tuve una clase genial que me dio el chispazo. Tomé la determinación y te pido tu apoyo y tu ayuda. Quiero quiero quiero, cuando esté preparada, ser presidente.

Quiero ser presidente porque quiero cambiar el mundo, ¡quiero poner la mirada de la gente en los verdaderos problemas! ¡Quiero activarlos a todos en un proyecto feliz!

Para lograrlo, he pensado poner en vigencia un Plan de Presidencia que estima las necesidades y las posibles soluciones a los problemas reales, a los que escapan de lo económico y político. Entre mis determinaciones están:

Como estoy convencida de que el hombre complementa su formación en sus calles, lucharé por la mejora de la fiscalización de nuestras principales avenidas, porque los fiscales aligeran significativamente el tráfico. Asimismo, optimizaré los procesos de inflación de globos con el fin de decorar y hacer más gratos los espacios públicos de la ciudad.

Con el objetivo de fortalecer la magia que constituye la cultura, concentraré esfuerzos para perfeccionar la recaudación mensual obligatoria de cuentos y poemas de parte de la población.

Porque los valores son las alas de la sociedad, motivaré la inversión de los distintos sectores en la versión verdadera, y porque el ánimo de nuestra gente es el producto interno más importante, estandarizaré los operativos de vacunación contra la desesperanza.

Por último, pretendo activar con regularidad la figura del referéndum para conocer cuál es el grado de felicidad de la gente, y para estimar, en el fondo, si cada ciudadano está alcanzando las misiones y propósitos que profundamente anhela.

Éste es mi sueño, diosito. Quisiera llevar a la realidad estas prácticas porque deseo que la gente viva contenta y que la política sea buena y bonita. Quiero, como explicó la profe, poner aaaaaaaalta y grande la “p” de política. Después de todo, es la letra que inicia las mejores palabras. ¡Pizza, pintura, país, patines y princesa! ¡Que se estiiiire la política, que viva la Política!

Alguienes

Décimo cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Crónica sobre la cotidianidad
urbana y el ejercicio de la ciudadanía

Alguien señala el cielo. Un grupo de aves sobrevuela rumbo al norte. Radiantes, mientras se dirigen al Ávila, se dedican también a observar el cosmos caraqueño que se despliega bajo sus patas.

Registran el bullicio, las pequeñas y débiles casas color naranja, los estacionamientos lentamente ambulantes y los miles de pequeños hombres. Desde arriba, los pequeños seres parecen comer, trabajar, amar y chocar sin pausa. Desde lo alto, las historias de los hombres son múltiples y son una; se tocan, se tachan y se modifican.

Uno de los emplumados vislumbra que alguien corre y tropieza con alguien que va fumando, que alguien escupe frente a alguien que come, que alguien guinda su ropa mojada y la escurre sobre otro.

El ave más veloz capta que alguien estornuda con la boca abierta, mientras que alguien da mal el vuelto, que alguien se colea y roza a alguien que corre con una cartera. Que algún conductor se detiene en el medio de la vía y que alguien se va sin pagar.

Otros captan que alguien comete un secuestro, a metros de alguien que vende carátulas vacías. Que alguien cruza donde no debe y alguien circula por el hombrillo. Alguien mata, y alguien maneja alcoholizado.

Cada uno ve y estima según sus formas y sus gustos. Juntos captan la cotidianidad y lo singular de las historias conectadas y conectables.

El ave más grande comparte con los demás:
Entre tantos alguien, nadie parece mirar al otro.
Pobres hombres, son ciegos e invisibles.
Sus compañeros coinciden, pero con el siguiente aletazo la reflexión queda atrás, en el aire.

The spotless mind

Escrito en el 2008

Mientras sacaba la llave recordó. Volvió a introducirla y girarla. Entró y buscó el suéter. Se lo puso y tornó. Se disponía a cerrar la puerta cuando evocó la llave en el armario. Subió, la recogió, volvió y salió.

Caras irreconocibles la saludaron afectuosas en el camino a la Universidad. Terminó en el parque. Antojada por un helado, se dirigió al vendedor y hurgó en la cartera por el dinero que descansaba en su billetera sobre la cama, en casa.

Frustrada, recordó que en realidad tenía calor, por lo que se sacó el suéter. Se le cayó. Se agachó para recogerlo pero no encontró su mano derecha. Temerosa, buscó en vano su izquierda. Miró hacia abajo y vio la nada. No supo cómo se perdió completamente. Olvidó pensar.

Cuento de cuentas

Escrito alrededor del año 2006

- Es 24 de diciembre, todo el mundo pasa el día en sus casas, normal, ¿no? digo, la gente puede terminar de comprar un regalo a última hora, retirar algún dinero o arreglarse en la peluquería, pero no mucho más allá ¿sí me entienden?
- En realidad no, traduce. - espetó Alberto.
- Pues que el 24 no se espera que alguien pase horas en el gimnasio, intente arreglar algo complejo o haga alguna tarea que puede esperar unos días, ¿no? ¿estoy equivocada?
- Bueno, pero ¿qué pasó? - interviene Carla.
- Es que es ¡tan in-creíble que merece un preámbulo inmenso! - ante las caras de sus amigos agregó - pero bueno, puedo resumir. La cosa es pues así: acabo de terminar de atender a un cliente, son casi las tres y media, falta poco para salir corriendo y olvidarse de todo cuando de pronto entra al banco una chama. Parecía normal, unos veinte años o por ahí, alta e insisto, normal. Uno piensa que está ahí semi obligada o con una diligencia menor que cumplir antes de ir a rumbear, ver a sus amigos o qué se yo, ¿lógico, cierto? ¡pues no! La chama me ve desocupada y se aproxima justo a mí. Me hago la loca, deseando que vaya con Freddy o algo, pero de nuevo, no. "Hola buenas" me dice. Devuelvo el saludo y me lanza la frase "Hola... vine con mucho sencillo, ¿puedo cambiarlo con usted o puede remitirme a una persona que pueda ayudarme?". Por su puesto que, en concordancia con las leyes de Murphy, justo el día anterior se llevaron las máquinas para contabilizar monedas.

- ¿Qué?, ¿te tocó hacerlo manual? Espera espera, ¿de cuánto estamos hablando?
- Em, depende, ¿cómo quieres saberlo? ¿En toneladas de peso, en billones de bolívares o quizás en los días que pasé contando?
- Dejemos que siga, Carla.
- Ok ok, recién dicha la frasecita se ocupa Freddy y Mariela sigue atendiendo a un señor ahí. No hay escapatoria, sea lo que sea me tocaba a mí. Le digo "Bueno, sí, yo misma, ¿cuánto es? ¿lo ha contabilizado?", me pasa una lista escrita en computadora con los montos e, ilustrando el documento, me responde "¡Oh, por supuesto! Todo está meticulosamente contado. Las monedas están separadas según su valor y...”
- Espera, Lu, pierdes credibilidad, ¿dijo "oh" y "meticulosamente"?
- Bueno, no sé, pero si no lo dijo, pudo haberlo dicho perfectamente. Tenías que estar ahí, fue increíble. Me explico; alza con cuidado su bolso sobre la taquilla y extrae una inmensa bolsa contenida por ¡millones de micro bolsas de distintos colores y tamaños! Desprende un delicado nudo y empieza a explicarme mientras saca las bolsas. "En este paquete están las monedas de 500, en la azul las de 100, en la verde las de 50, en la negra las de 20 y en la rosada las de 10. Me tomé la libertad de guardar en bolsas internas pequeñas sumas para facilitar las cuentas." Escéptica, inicié.
- ¿Y? ¿qué tal?
- ¡Carla!
- La precisión más absoluta. Tanto el gran paquete como los micro paquetes, los subpaquetes y los paqueticos contenían lo que decían las bolsas y la lista. Nunca he visto algo así.
- Venga, después de todo facilitó el trabajo.
- Pero ¡vaya trabajo!, En total fueron doscientos cincuenta mil.
- Wow, ¿y cero errores?
- Casi. Por ahí hubo una semi confusión. Según mi cuenta faltó una moneda de veinte para cumplir los 20.000 -porque esa es otra, todas las cifras eran redonditas, ¡pulcras!-. Me dispuse a reiniciar la cuenta cuando me interrumpe y me dice "Oh -bueno, no sé si dijo "oh" o no-, no se preocupe, preví que faltara alguna de veinte de ese paquete particular". Abrió un inmaculado monedero, me pasó el objeto metálico ¡y erradicó así el prevenido desliz!
- Pareciera que hubiese calculado el margen de error. Suena fantástico, literario casi - comentó Alberto.
- ¿Fantástico? A mí me suena mortalmente tedioso contar monedas por horas, ¿no?.
- Bueno, inicialmente sí fue fastidioso, pero luego, cuando entendí la perfección del sistema y lo engranado y organizado de su cerebro, todo pasó a ser, más que tedioso, onírico. Como dice Al, fantástico. No, miento, ¡surreal!
- Creo que exageran, ¿no dijiste que parecía una chama normal? Quizás es sólo obsesiva con el orden, estudia que si administración y disfruta contar.
- Nada que ver. Normal no es, creo que se camufla para parecerlo. Es como el protagonista de Una mente brillante. Debe percibir números y fórmulas en carros, canciones y olores. Quizás la realidad para ella es un conjunto de datos que únicamente su cerebro capta, conjuga e interpreta. En verdad después de ver tal despliegue de facultades, simplemente no la imagino hablando por teléfono, chateando o atándose los zapatos. Debe ser toda excéntrica siempre. Me pregunto cómo será su IQ, ¿tendrá amigos?, ¿cuántos idiomas hablará? ¿qué descubrimientos habrá hecho ya?, sobre todo, ¿creerá en Dios? En verdad quizás sea ella la próxima Mesías o deidad universal. Podría ser.
- Bah, o la próxima asesina en serie.
- O las dos. Sólo un Dios podría asesinar realmente en serie y en serio. - cerró Alberto.

Por un minuto, callaron.

El corte perfecto

Escrito alrededor del año 2006

"El amor es eterno mientras dura" ‘Bueno, algunos no nos engañamos’, pensó Lucía mientras cerró el libro de refranes y empezó a alistarse para salir del trabajo. Tomó sus pertenencias y caminó hacia su casa.

Lucía no está enamorada. Nunca lo ha estado. Ahora sale con Alberto, a quien conoce hace pocos meses y porta la etiqueta de "novio". Tres son las semanas que Lucía pudo soportarlo. Lo quiso y lo intentó, pero no funcionó. Postergó y dudó, pero el corte se mostraba inevitable y ése era el día.

Lucía no quería terminar mal con Alberto. Él no era -como tantos- un patán o algo similar. De hecho, él era genial.

"- Quizás la vida trascurre dentro de un círculo.
- ¿Un círculo?
- Sí, ¿por qué no?
- ¿Te refieres a una visión cíclica de la vida y la historia, como creían los griegos?
- No. Digo que la humanidad ha estudiado la vida desde la vida y no desde un sistema externo. En mi carrera analizamos las interrelaciones y entendemos que nada funciona aisladamente. Un programa, una codificación o un sistema determinado pueden ayudar a comprender y abordar otro fenómeno. Quizás haya algo más comprensible que la vida que nos ayude a abordar la vida misma.
- Puede ser, ¿como qué?
- No lo sé, pero creo que es una idea con potencial.
- Cómo saber..."

Alberto no solía alcanzar conclusiones, pero si algo le había enseñado a Lucía es que hay bastantes más posibles abordajes de la verdad de las que ella había pensado. Es apasionada a la filosofía y Alberto -con acné, sin más de dos libros leídos y aún sin licenciatura- se considera un filósofo. "Bah, es un soberbio", pensó Lucía y ahuyentó los recuerdos.

Era un soberbio, un terco y un ser rutinario, pero era de esas personas que Lucía quería tener cerca siempre. Sin embargo, hasta entonces sus formas de cortar no habían traído buenas consecuencias. Molestia por meses, palabras groseras y desaparición eterna, eran de las reacciones que sus intentos habían recibido.

Cruzaba la calle apresuradamente cuando lo entendió. Quizás fue la corneta del Aveo o el frenazo de la Vitara, pero algo le evidenció que esta vez no estaba desesperada por terminar. Por el contrario, tranquilidad y seguridad eran sus emociones. Esta ocasión tenía la oportunidad de hacer, como dicen los carniceros, un corte perfecto. Recordó la película "Crimen Ferpecto" y se rió. Sí sí, la convenció el azul del cielo: la vida le permitía planificar el corte más apropiado para este dulce soberbio, rutinario pasional y terco filósofo.

Apuró su paso y razonó los elementos a considerar. Ropa, palabras, lugar, hora... De pronto concibió las dimensiones de su ambicioso objetivo: Ella -simple mortal, también con acné, sin licenciatura y sin grandes certezas de nada- pretendía decirle a la vida algo como "Querida, esta vez decido yo".

Evocó un ensayo de Poe e inició la confección de su obra vivencial a su modo y método. Acuñándose a sí misma el éxito o el fracaso de su empresa, se sintió maestra y creadora de la situación que empezó a concebir.

Como una gran artista o escritora lanzó pinceladas y letras mentales por los aires. Se imaginó frente a él con su camisa favorita y aquella falda de su hermana en un café o un restaurante, pero de inmediato descartó esos lugares. Había pocas cosas que ella odiara más que hablar algo "serio" en un contexto ruidoso, en el que conversaciones triviales invadieran las palabras que quería decir o escuchar.

Quiso un espacio solitario y tranquilo. ‘¿Su casa? No, no, en su terreno no. ¿Mi casa? No, podría irse molesto y no habría camino de vuelta que permitiera encauzar la situación. ¿Una plaza? Muy urbano y peligroso. ¿Un parque? Demasiado diurno y abierto, ¿Detenidos en su carro? Ni hablar.’ Entonces pensó en el mirador del restaurante del Club Táchira pues es un lugar apartado, silencioso, no tan abarrotado de gente y con buena música. Lucía dudó; un mirador podía propiciar el romanticismo. Sin embargo -dados sus planes- sería varias cosas antes que romántico.

Realizó checks mentales. Todo perfecto, sólo faltaban las palabras. Definió sus objetivos: quería una conversación pacífica, amistosa, sin culpas o acusaciones y provista de reflexiones, ideas y sentimientos. Pensó en su introducción. Descartó a priori el "tenemos que hablar" porque una vez su padre le explicó que las cosas que una buena mujer nunca debería decirle a un hombre son las terroríficas palabras anunciadas y las llorosas "Papi, ¿me quieres?"

Empezó a disertar: ‘"Caray, Al, llevo semanas pensando" No no, semanas son las que llevo con él, entenderá que nunca estuve satisfecha. "he estado pensando y la verdad es que" No, ¿cuál es la verdad?, ¿acaso he estado engañándolo? "Últimamente he sentido..." Al no encontrar peros mentales, continuó: "...que no somos tal para cual" ¡asco! "...que ya no es lo mismo" ¡Trillado! "...que no funcionamos.” Silencio. “En realidad no eres tú" ¡tacho!, lo que me falta es el falaz 'soy yo', ¡qué va! "...Me pareces increíble y disfruto estar contigo, pero creo que como pareja no eres lo que quiero ahora y realmente creo que no soy lo que necesitas. Por eso te propongo que..." Oh sí, por ahí va la cosa.’

Sonrió satisfecha. No quería herirlo, pero tampoco mentirle. Lo mejor era ser honesta y enfocar el asunto en lo macro: no está funcionando. Suspiró, se relajó e imaginó sus expresiones comprensivas, amistosas y carentes de orgullo o molestia.

"Bruta, ciega, sordomuda,
torpe, traste, testaruda,
es todo lo que..."

Extrajo de su bolso el ruidoso aparato y silenció a Shakira.

- Aló.
- Lu, ¿dónde estás? – preguntó Alberto.
- Hey, llegando a casa. De hecho a minutos, ¿por qué?
- Salí temprano, estoy cerca, ya te alcanzo.
- ¿Cómo?
- Sí sí. Dale que me quedo sin saldo. Chao.

Caos. Sólo esa palabra podía describir la sensación de Lucía. Sus pasos se hicieron zancadas. Debía llegar, hallar la falda en el cuarto de Carolina, cambiarse, maquillarse, calmarse y repasar sus líneas.

Vislumbró su casa y se acercó con rapidez. Miró su muñeca: "4:23”, acusó el reloj. Continuó su camino y, ya llegando, escuchó el conocido cornetazo. Le pidió al universo que, de algún modo, no fuera él sino cualquier otro ser montado en un vehículo con una corneta idéntica, pero se volteó y vio la WagonR frenando a su lado:

- Hey, Lu. – la saludó Alberto.
Lucía se quedó inmóvil maquinando cómo hacer para materializar su obra maestra.
- ¿Te montas?
- Pero…
Se subió al auto, confundida y expectante. Alberto aceleró, rodó sólo unos trescientos metros y frenó frente a la casa.
- Qué simbólico.
- Algo.

Alberto apagó el carro, se quitó los lentes, los guardó en el estuche y los introdujo, junto con las llaves, en el koala. Abrió la puerta y se dispuso a salir. Lucía se activó:

- Espera, ¿qué hacemos? No te dije que se me ocurrió una idea, ¿Por qué no vamos al Club Táchira? Verás, allí hay...
- No, Lu, realmente estoy agotado. Entremos a tu casa.
- Cielos, quizás sea bueno que descanses un rato y luego salgamos. El lugar es espectacular.
Silencio.

Incómoda, se bajó del carro después de Alberto. Se dirigieron a la sala y se sentaron en el sofá.

- Eh, ¿qué tal tu día? ¿por qué tan cansado? – interrogó Lucía.
- Me quedé despierto hasta tarde.
- Ah… oye, lo digo porque como te comentaba antes se me ocurre que descanses un rato y luego vayamos al restaurante del…
- Lu, tenemos que hablar.
- Hablar, claro, pero qué tal allá, la comida es genial, la música, la vista. ¡No sabes!
- Lu, creo que no debemos seguir.
- ¿Ah?
- He pensado y me parece que no hay sentido en continuar juntos.
- ¿Has pensado? ¿no hay sentido? Ya va, ¿me estás cortando?
Silencio.
- ¿Me estás cortando? O sea, ¿tú? Digo ¿a mí?
- Lu, no te sientas mal
- ¿Así? ¿ahora? ¿aquí? ¡Qué rayos!
- Caray, lo siento… ¿quieres que me vaya?
Alberto se quedó unos minutos callado esperando alguna reacción, pero ella se limitaba a respirar agitadamente y mirar al frente. Alberto se incomodó, se disculpó y se fue.

Lucía permaneció inmóvil, evocando cómo su obra vivencial y su gran proyecto y ambición se derritieron con el fuego de las palabras de aquel ser inoportuno, arbitrario, grosero y abusador.

- ¡Cómo se atreve! – masculló y continuó aturdiéndose con sus alborotados pensamientos.

Caos en Las Luces

Escrito en mayo de 2005

Una tarde de abril dos amigas hablaban por teléfono y entre las exageraciones y expresiones comunes de adolescentes una comentó a su amiga:
- Jajaja ¿Te imaginas?
- ¿Qué, chama?
- ¡Que de verdad te derritieras cuando lo vieras!
- ¡Jajajaja! No, de pana no me imagino.
Las amigas siguieron hablando tranquilamente sin saber que algo estaba cambiando en el pueblo Las Luces.

Mientras tanto, en la casa de al lado, Pablo, exhausto, se sacaba los zapatos apoyándose en la cama mientras conversaba con su madre:
- Bueno mamá, hablamos mañana porque me caigo del sueño.
La madre iba a responderle, pero Pablo se echó hacia atrás: yacía en la cama con los zapatos puestos. Su mamá intentó despertarlo, pero él dormía profundamente.
- Cielos, no sabía que tenía tanto sueño. – susurró la madre mientras cerraba la puerta con cuidado.

En una casa cercana, Laura despertó, se paró frente al espejo, acercó la balanza y se pesó.
- Estoy demasiado flaca, a este paso voy a desaparecer. ¿Quedará torta?
Quiso ir a la cocina, pero tras el primer paso su reflejo se desvaneció.

Más tarde, en la calle principal de Las Luces, se veían extrañezas por todas partes.
Ajenas a lo que acontecía afuera de la tienda, Mónica y Patricia buscaban vestidos para la boda de Adrián. Mónica se probó un vestido y no le cerraba, le pidió ayuda a Patricia mientras se quejaba: ¡Estoy hecha una bola de grasa!
Luisa, que estaba en el probador vecino, alcanzó a oír un vestido desgarrándose seguido de una serie de gritos de espanto que llenaron la tienda.

Por la calle “Las Tres Luces Prendidas” varios contemplaron la metamorfosis del señor Álvarez en un perro. Nadie supo que fue doña Juana quien se vengó sin querer al gritar a su comadre Rosa: “¡Es que el tipo es un perro, me las va a pagar!”. Igualmente corrían por la calle burros, gallos y zorras, serpientes y ratas por comentarios similares.

Raúl y Antonio veían la televisión cuando interrumpieron “South Park” para trasmitir un reporte de “Noticias Las Luces”:

- Buenas noches, tenemos una noticia sin precedentes. Hoy se han ido registrando una serie de casos impresionantes: al parecer, desde esta mañana las hipérboles o exageraciones expresadas se han estado tornando reales. Vamos a recibir unas imágenes desde “Las Cuatro Luces Prendidas”.

- Sí Alberto, soy Gloria Techo. Como pueden observar, Las Luces está en caos. Vean ustedes el desfile de animales… ¡Oh, Dios mío! ¡Empiezan a desfilar como si verdaderamente estuvieran en una pasarela! Bueno, me refería a que están pasando una serie de animales. Además vemos ciudadanos convertidos en pelotas, congelados, nubes oscuras encima de algunas personas y se vislumbran rayos y tornados en el “Parque Luciérnagas Del Este”. ¡Total caos, Alberto, total caos!

- ¡Impresionante Gloria! En efecto, señores televidentes, Las Luces vive una crisis en la que cualquier expresión exagerada puede cumplirse. Hay cuatro desaparecidos y hasta ahora son doce los fallecidos por expresiones como “muerto de hambre, sed, cansancio, frío, calor y tristeza”. Les rogamos que sean cuidadosos con el vocabulario que emplean porque cualquier exageración puede materializarse. Hay emergencia en Las Luces, por favor, ciudadanos, ¡Piensen antes de hablar!

Raúl y Antonio se miraron atónitos.
- ¡Qué!, ¿Será verdad? - preguntó Antonio.
- Jajajaja, qué conejo eres, pana.
Tras oír un grito, la madre de Raúl corrió preocupada a la sala… sólo vio a su hijo cargando y revisando a un animal peludo y blanco.

En “La Segunda Luz Apagada”, Susana quitó el volumen a la televisión y dijo:
- Eh, no tengo nada que perder: Soy la más millonaria de Las Luces.
Entonces su casa se llenó de billetes que salían disparados desde las ventanas hacia los pobres peatones.

En Las Luces no dejaron de observarse fenómenos extraños: niños parecían fantasmas con pieles verdaderamente blancas como la leche, brujas volaban sobre sus escobas, una secretaria se comía los mocos en medio de la calle por el regaño incontrolado de su jefe, quien le dijo que no tenía cerebro, gente lloraba sus muertos –de calor, hambre, envidia–, gallos se picoteaban entre ellos, burros paseando y elefantes volando, charcos andantes de muchachas derretidas, bebés hablando… y, en cada esquina, cámaras y reporteros grabando y notificando.

Los noticieros llamaron a conciencia pública que nunca contestó el teléfono. Fueron innumerables las campañas para que la gente controlara sus palabras, pero la crisis de Las Luces no acabó entonces ni ha culminado ahora.

El pueblo fue amurallado hace 7 años. En Las Luces humanos, animales, formas y seres diversos han aprendido -por necesidad- a convivir juntos y tienen su propia forma de gobierno y su reglamento. El presidente actual es el “Burro Iluminado”, que fue elegido masivamente por ser el representante de los burros y los demás animales renegados de Las Luces en Brillante, Bombillo.

Doble identidad

Escrito alrededor del año 2004

De cómo una muchacha inexistente ante la ley de pronto descubrió su doble identidad

Cuando somos dados a la luz terrestre, somos nombrados por alguien. Puede que las letras que nos definirán toda la vida sean dadas por un taratabuelo que no conoceremos o quizás por una madrina que asistirá sólo a nuestro primer cumpleaños. De cualquier modo, nuestra sociedad nos exige un nombre y con ello, una serie de documentos. Al nacer la ley registra nuestra existencia en una partida de nacimiento. Crecemos y en la adolescencia contamos con un pasaporte y un papel plastificado que no debe nunca abandonar nuestra cartera: la cédula.

Una mañana desperté exhausta por la vuelta de un viaje. Me dispuse a salir y, mecánicamente tomé mi cartera. Salí tranquila y me paré en un kiosko. “Un trident”, pedí. Iba a pagar cuando lo noté: no estaba la cosa rectangular, blanca y brillante que suele descansar en la tercera ranura de mi billetera. Registré todo, pero mi cédula había desaparecido.

Entonces, a falta de documentación, sentí como una nueva identificación. Se trata de una especie de etiqueta: “Indocumentada, inexistente, ilegal” y tantos otros sinónimos que concebía que cualquier mortal podía vislumbrar con sólo una mirada.

Temí manejar, temí comprar, temí ser vista por los policías, por las autoridades o por verdaderos ciudadanos. Ante mí, todos eran distintos, superiores, documentados. Y es que la sociedad y la ley rechazan a los descuidados que han perdido el preciado papel.

Tras la vana búsqueda, investigué sobre operativos de cedulación y supe que los de “Misión Identidad” estarían en un centro comercial cercano al día siguiente.

Fui bien temprano y para mi sorpresa y agrado, no había más que 20 personas en la cola. Me alisté y esperé mientras practicaba mi firma una y otra vez.

Cuando llegó mi turno me acerqué nerviosamente a la funcionaria de camisa roja. Respondí cada una de las preguntas: edad, estado civil, ¿estatura dice?, zona de residencia, Ejem, ¿centro de votación?, ¿disculpe, ha pedido usted mi peso? Y así ocurrieron varias imprudencias más.

Tomaron mi foto y eventualmente solicitaron el estampado de mi firma. Ella no salió como esperaba, pero no estaba dispuesta a reiniciar el proceso.

Al rato escuché mi nombre. Me aproximo ansiosa, expectante. Entonces mis manos tocaron el documento. Éste estaba encabezado por el triste “República Bolivariana de Venezuela”, pero en ese momento nada parecía triste.

Caminé unos metros con la cédula entre mis dedos. Donde pude, me senté y la contemplé. Poco importa que haya salido con un mechón atravesado y un cachete desproporcionado en la foto, poco duele el “Bolivariana” y poco molesta lo escueto de mi firma.

Más me alegraba tener la cédula que lo que me entristecía sus múltiples imperfecciones. Me dispuse a guardarla, donde siempre, en la tercera ranura, pero algo obstaculizaba su acceso. Pongo la cartera sobre mis piernas y reviso el espacio. Me topé con la materialización de una ironía, una especie de chiste poco gracioso explotó en mi cara: Allí, en el espacio de mi nueva cédula, hallé la otra cédula, la clásica, la de siempre.

¿Es esto posible? ¿Cómo pudo haber estado allí todo este tiempo? Perverso el que dijo “No pasa hasta que te pasa”. Triste, me pasó. Es así como entendí lo que hoy confieso: tengo una doble identidad.

Escrutinio y edición

Escrito alrededor del año 2004

Todos los elementos participantes fueron esclavos de la necesidad expresiva de Ruiz: Sus dedos y la pluma, fundidos en un abrazo, flirtearon sin cesar con el papel que recibía sumisamente la danza de la mano. Cada trazo iba formando palabras que pasaban del corazón al papel sin intermediarios influyentes.

Tras horas escribiendo, las palabras se vertieron sin cuidado en el papel y plasmaron, cual reflejo, la maraña de emociones, inseguridades y deseos que explotaban dentro del autor.

Ruiz finalizó el texto trazando el último punto con seguridad y con algo más de tinta que las letras previas. Entonces se recostó pesadamente sobre la silla y exhaló sacando de sí las tensiones. Por escasos segundos se sintió aliviado, como si sus palabras -¡sí, sólo suyas!- más que plasmar sus emociones, tuvieran el don de quitarle el peso que lo hundía.

Se alejó del papel y dio vueltas por la sala. Al instante lo invadió la ansiedad pues sabía que debía volver para realizar lo más difícil: Releer y corregir su texto.

Postergó su obligación, pero horas después retornó a la fiel silla que, tras años de servicio, tenía su forma y perfumaba su aroma. Antes de iniciar el escrutinio, inhaló profundamente y se recordó que no debía ser tan duro con su escrito porque nunca darían con él otros ojos que no fueran los suyos.

Su reflexión fue en vano porque apenas leyó, fue invadido por la inconformidad. De pronto, las palabras que tenía idealizadas como reflejos de su intimidad, se mostraron débiles, distantes y ajenas.

Empezó a tachar y a reemplazar palabras y expresiones. Sus prejuicios y los academicismos que conocía fueron cambiándolo todo. Poco a poco se opacó la blancura del papel y se crearon casi inconscientemente más y más parches que cubrieron para siempre las palabras originales.

Al finalizar releyó y sintió que su escrito estaba acorde con las normas: era corto, preciso y estéticamente agradable a la lectura. Se recostó sobre el espaldar y respiró profundamente. Al botar el aire se alivió, pero no fue agradable: Se quitó demasiado peso de encima.

Él, creador, tenía en frente una obra bien escrita, pero carente de profundidad, pureza y espontaneidad. Ruiz releyó una última vez su texto y entendió que el aquietamiento racional había enterrado todas sus voces: su fervor y su desesperación se habían teñido de elegancia y gracia, sus inseguridades se mostraron como comprensibles fallas de todo hombre y sus deseos reprimidos eran como sus sensatas aspiraciones por alcanzar.

Actuó en un instante de impaciencia. Al siguiente contempló el humo que emanaba de su escrito entre las llamas de la hambrienta e insaciable chimenea que tantos textos suyos había consumido. Arrepentido, Ruiz se acostó sobre la alfombra y se limitó a detallar las maderas del techo.

Entre sueños, pensamientos y vivencias

Escrito alrededor del año 2003

(introducción)

Heme aquí, una estudiante de 16 años, amante de las Humanidades, con notable atracción al arte, la literatura, la sicología y claro, mi pasión, mi esencia, gran parte de mí: La Filosofía. Debo hacer un cuento filosófico, tratar un problema desde la óptica de algún filósofo. Pero entre tantos temas de interés cómo elegir uno y omitir todos los demás. Los problemas de la humanidad y del mundo son una serie de hilos conectados, imposible no seguir explorando aquél infinito hilo, alejándonos cada vez más y más del segmento principal. Se comienza con la muerte, no se puede omitir la vida, el tiempo, la felicidad, Dios, el hombre, la moral, la virtud, la justicia, la belleza, la libertad, la perfección, la realidad… Díganme aquellos temas: la amistad, el silencio, ¡el destino!, el azar, la mujer. No no no. Cómo dejar afuera tantos asuntos. Complicada la tarea, más que nada complicada la elección de UNO de los tantos miles de increíbles temas para realizar una narración imaginativa.

Podría volar con mi mente hacia el mundo de las ideas que está aquí según Aristóteles y allá según Platón. Podría observar ese mundo perfecto, o quizás pudiera introducirme en la mente de Séneca. O intentar entender aquella cosa, ¡Mi querido amigo, el tiempo! ¿Cómo sería todo sin ti? Sería genial realizar un viaje por el tiempo guiado por mi imaginación, y, que como Dante tiene a Virgilio que a mí me acompañe el buen Sócrates. Que de su genialidad pueda aprender y pensar y pensar y pensar. De su compañía hallar un amigo, un guía. Quisiera viajar, tener miles de escalas, allá en Grecia y compartir la pasión por el arte de algún escultor o de Alejandro Magno al dar tanta cultura a la bella Grecia. Pasar por la exuberante Roma. Ir a... ¿a la oscura dicen? No no, la valiosa, pero limitada Edad Media. Espléndido sería viajar al Renacimiento, conocer aquella época, pasar por la Modernidad y regresar a mi punto de partida; la época contemporánea. Sería increíble cómo cambiaría la forma de ver el mundo en mis ojos. Sin embargo, hemos de dejar el viaje aquel para otra ocasión. Sería un viaje precioso, pero eterno, pues no quisiera perderme algún detalle, porque nada de poner mis manos sobre un libro, no, hay que hojear, leer, explorar, analizar, entender y aprender. Claro, nada de superficialidad en una travesía por el tiempo. Bien es sabido: Nuestra historia merece un estudio exhaustivo.

Se me ocurren nuevos temas: el dilema de San Agustín, el mundo, ¡Dios! Pero no, no quiero entrar en la cuestión religiosa, no me agradan esos retazos mal pegados que hizo la religión con mi preciada filosofía en el medioevo. Se parte de una serie de raíces y de allí se procede a argumentar las diminutas ramas con la razón. Jamás se desconfía de las más fundamentales cuestiones. A mi juicio lo anterior constituye un mal empleo de la filosofía y ésta merece respeto.
Tras múltiples intentos de alcanzar temas abiertos surgió una idea de gran interés personal. Reflexioné un poco sobre lo conveniente que resulta estudiar la importancia de la filosofía a través de la historia, todas las ciencias se derivan de ella. Es una pena que actualmente nuestra sociedad le reste importancia a la madre del conocimiento y del raciocinio. La mentalidad científica se expande. El lado humanista es una minoría. “Filosofar” significa examinar o reflexionar. Sin embargo, en ignorancia, el término se confunde con “hablar tonterías”. Causa gran pesar esa horrible confusión de “tonterías” con discusión o reflexión de asuntos filosóficos, problemas básicos del ser, conocer y deber ser. La filosofía trata el hombre, la realidad, dios, el mundo, la existencia. Horror, estas cosas se hacen invisibles en nuestra época.

Con estas ideas surgió el tema de la importancia de la filosofía en nuestra época y al contrario, el auge de la ciencia y la tecnología. Comencé a realizar un relato imaginativo pero no lograba conciliar personajes o trama o algo similar, tenía claras tendencias hacia un ensayo escrito. Intentando evitar aquello cambié de tema.

No doy comentarios previos del cuento próximo, tiene aspectos que mejorar, pero engloba una serie de ideas que personalmente me inspiran increíblemente, todo mediante la narración en primera persona de la vida del protagonista.



Entre sueños, pensamientos y vivencias.

15 de febrero de 1997
Querido diario

Lo de hoy viene algo diferente de lo que sueles recibir de mí. Por hoy no leerás halagos al cielo, tampoco mis constantes gracias a quien sea que me dio esta capacidad, ni tampoco para donde fui o qué hice. Lo de hoy es más… profundo. Como un resumen de lo que me ha pasado y de lo que pienso.

Llevo tres semanas en esta casa. Tres largas semanas, esperando cada día la llegada de la noche. Durante los días me acuesto en el jardín delantero y con la mirada al cielo observo las blancas y esponjosas nubes. Siempre el mismo cielo, el mismo viento, el mismo aburrimiento. Cada día parece ser la repetición exacta del anterior. Durante horas invento historias, vidas pasadas de las nubes.


En pensamientos como esos pasan mis días con la esperanza de que se acorten las horas y ya sea de noche. Cuando son las siete sigo esperando el momento oportuno. Ya llegando el sueño a gentes normales es cuando me siento despierta, dejo de soñar e imaginar y me dispongo a escribirte y contarte lo que vivo en ti, mi diario.

Mi diario. Cuánto te aprecio, conservas todos mis secretos y pensamientos, pero no estamos interesados en guardarlos, total, para qué esconderlos. Lo dejo siempre abierto con la esperanza de que una mariposa lea su contenido y cuente a un ángel que hay una chica extraña que no vive, sino imagina y escribe todo el día aquello que imagina. Cuánto se equivocaría la mariposa al decir que yo no vivo.

¿Por qué esto no es vivir?
Claro que sí, vivo y existo, pienso e imagino, incluso disfruto. Pero sí tendría razón en algo. Soy extraña, diferente, anormal “no eres diferente, eres especial” me dijo alguien con tono lastimoso. Esa que vuela con mayor gracia es especial, pero la mariposa a la que le falta un ojo y sus dos alas es anormal. Sí, yo soy como esa mariposa no recuerdo el porqué pero hace dos años no hablo y he perdido del todo las ganas de comunicarme con otros. He hallado en la escritura una forma de expresarme para mí, no para los demás. Sin embargo, soy especial, a diferencia de las otras personas yo, igual que cualquier ave, tengo alas, y pobres pingüinos pero yo sí vuelo. Vuelo bien alto y alcanzo con facilidad a las nubes y las más brillantes estrellas.

Me encanta volar, sentir el viento, el aire nocturno. Oigo el silencio., Aunque ya supe hace mucho que el silencio absoluto no existe no pierdo las esperanzas de encontrarlo, debe haber… Silencio, en su más pura forma. Lejos de este mundo artificial reinará ese murmullo mudo en el que hallaré mi lugar y alcanzaré la paz. Cuando volaba cerca de mi casa oía tantos ruidos: El viento tiene un sonido muy particular es como un ssssshhhh continuo. Oigo los grillos con su ruido incesante. Me perturba, quiero definir qué es ese sonido, lo oigo, pero no puedo ir a su origen ni descubrir qué es porque está aquí y allá de igual forma…

¿Será la noche?
Tendrá ésta la melodía que suena como bbbbbb, como un soplido, como las ondas del mar, no no, como el aire marino sin el ruido de las olas y del mar, nadie “normal” logra captar esos dos elementos. Ese sonido, la brisa marina se asemeja a esto que oigo en todas partes. Obviamente no puede ser lo mismo. ¿Qué será? Quizás el vuelo de algunos bichos raros, no… esos suenan como la j, así jjj, como con una ele, así: jjl.

Quizás ese sonido es la neblina que según Anaxímenes es el arjé del mundo. Capaz son los átomos, sí quizás causen este sonido tan leve y tan raro. Demócrito definió muy bien los átomos al contarnos qué son y cómo causan el cambio, pero olvidó decirnos cómo suenan. Quizás sea el número de Pitágoras, ah pero, ¿el número genera algún sonido? Nunca lo había pensado, no creo. En tal caso creo que sería un sonido que nuestro oído sería incapaz de percibir. Sí, quizás ese es otro ejemplo de cómo nuestros sentidos nos limitan y engañan. Puede que este mundo sea otra cosa totalmente distinta y nuestros cuerpos nos muestran esto que no es más que una fantasía humana. Puede que existan muchos otros colores o que el piso que nos atrae a sí con eso que llaman fuerza de gravedad no sea más que una lámina transparente y abajo, el vacío. ¿El vacío? ¿Existe eso? No puedo darle una imagen al vacío, pero creo en él, pienso que cuando no había nada estaba el vacío, pero ¿El vacío no es la ausencia de algo, es no ser? ¿Como puede estar si no es? Pero ¿Y si el vacío sí es? Entonces el vacío sería algo, jamás podría no ser algo, no sería nada.

Confusión, duda, tremenda impotencia. ¿Por qué mi mente me lleva a lugares lejanos intentando buscar respuestas y éstas nunca llegan claras e irrefutables? Debe haber una verdad para cada asunto. Yo invento teorías e hipótesis pero jamás alcanzo la verdad. Y es que debe existir, ¿no? Una verdad universal algo que es porque es. Creo fielmente en esto, pero mi experiencia me lleva a concluir que muy probablemente aquella verdad no pueda ser alcanzada en esta vida, ¿estaré siendo escéptica? Lo prefiero a ser relativista yo sí creo que existe una verdad, no puedo concebir que la verdad cambie por cada sujeto y mentalidad, a mi juicio cada sujeto tiene opiniones mas no verdades. La verdad, la única y real, es objetiva y no podemos descubrirla.

Triste, pero, no puedo pensar de otra manera. ¿Qué pasa tras la muerte? Ah, aquí entran miles de hipótesis, montones de ellas, pero, acaso ¿alguna de estas es la verdad? Puede que sí puede que no. Es imposible saberlo hasta que muramos, bueno podremos saberlo en caso de que haya algo más. Si dejamos de existir y ser nosotros mismos al morir (que es la parte más lógica pero decepcionante, a mi pensar) entonces no podremos saber nunca qué pasa tras la muerte.

Qué pesar imaginar que quizás nunca entendamos el mundo, nunca respondamos nuestras preguntas. El regalo más precioso que un genio me podría regalar es la posibilidad de entender todo: este mundo, ¡Dios!, yo, el hombre, la moral, la virtud, la justicia, lo malo, lo bueno, lo bello, la libertad, el tiempo, el destino, el azar, la muerte, la vida, la materia, el cambio, el arje, el ser, lo real, la verdad. Toda la verdad.

A pesar de mi pena, considero que hay que apreciar lo que se tiene. Agradezco de sobremanera este don, esta habilidad para volar, que me permite conocer más que los demás, asimilar el cielo, captar la brisa fría nocturna en mi cara y sentirme viva y feliz. Para mí no hay mayor felicidad que liberarme por ratos de mi cuerpo y alcanzar no el mundo de las Ideas platónico (uno de mis sueños, mi constante anhelo) pero al menos el cielo, el lugar más puro que he hallado en la Tierra, pero hasta eso está siendo contaminado por el hombre y su afán por arruinar la naturaleza.

Puedo decir que amo, amo vivir, amo pensar, amo soñar, amo volar. Volar… Suelo volar con los ojos cerrados. Cuando los abro sólo observo el azul de la noche que de negra ni la sombra, es azul. No hay algún enigma interesante en mi vista, sólo en mi oído, aquél sonido irreconocible siempre allí. Todo lo que mis ojos captan es azul aquí y allá, infinito. No como el mar que tiene su término. No, la noche y el cielo no finalizan nunca.

El negro de la noche está siempre y en las mañana el sol intenta pintar la noche de amarillo, ésta, mi querida, lucha por quedarse, el sol intenta espantarla, pero ella se resiste, se cierra los ojos que ya no ven por la tremenda luz de la bola de fuego y se queda allí. El sol todos los días tiñe de blanco el cielo, pero el azul oscuro no cede y se combinan creando ese azul claro que a la gente le gusta tanto. Yo critico al sol, me molesta su presencia porque le quita su lugar a la noche. Ésta reinaba desde hacía tiempo, pero alguien creó el sol y ya la noche quedó de segunda Qué injusticia.

Sí, esta es mi teoría, la oscuridad de la noche está siempre, es la luz la invasora. Según Plotino es al revés, está la luz que es Dios y la oscuridad no es más que la ausencia de luz. ¿Tendrá razón él? Capaz sí, la ventaja de su teoría es que hace un solo elemento, yo concibo noche y sol como dos cosas distintas. ¿Pero y qué no pueden ser dos? Odio quedarme así, en las mismas que al principio. No importa cuando esfuerzo y tiempo le dedique a alguna problemática fundamental, desde la filosofía nunca me sentiré satisfecha porque jamás alcanzaré la verdad. De nuevo, estúpida impotencia.

Aunque no me sienta satisfecha no planeo rendirme. Hay algo que me molesta: Muchos suelen irse por el lado más fácil de las cosas. Hay mil preguntas, mil dilemas indescifrables en el mundo, la fe responde con dogmas incoherentes impuestos y la gente lo cree. Entiendo que el hombre necesita algo en qué creer, pero me parece absurdo creer ciegamente en mil cosas sin base, sin argumentos, sin algún tipo de lógica.

Para mí no hay necesidad de creer en algo sino desesperación por entender la causa del mundo como es y de las cosas que suceden. Aquí entra el destino, el azar. ¿Por qué muero yo en una avenida concurrida?, ¿Por qué no el que cruzó la calle 2 segundos antes? Quizás porque él camión tenía que llegar a su lugar a una hora y salió de su establecimiento a cierta hora (el tiempo en todas partes qué increíble), yo por mi parte salí temprano de mis clases y con paso lento llegué a la cuadra en los mismos momentos y ambos pisamos el mismo segmento de la acera en el mismo instante. Quizás las cosas ocurren por las circunstancias.

También pueden ocurrir por fortuna, es posible que haya sido puro azar. Como si un hombre dispara desde un edificio sin ver hacia abajo unos peatones mueren y otros son heridos y otros salen ilesos, ¿Será la suerte? O quizás por decisión de algún Dios, quizás alguien designa el destino para cada quién o quizás no. Capaz si existe algún dios sólo organiza o mantiene el equilibrio en el mundo, como opinaba el griego. Realmente ese Dios cristiano creador y omnipotente me parece demasiado. Y en primera instancia, lo que escribía antes sobre la nada. Comprendo a Aristóteles, el acto puro causa todo lo demás, es el único acto que no puede ser modificado, pero ¿de dónde surge? Porque a mi entender, nada puede surgir de la nada.

Así pues, cómo asegurar la existencia de Dios. Aclaro, existe, tiene un sentido de existencia como idea, pero, y ¿como ente material? “No creo lo que no veo y sólo creo lo que veo” ¿no es más o menos aquello que creyó San Agustín? Entonces cómo crees en Dios, Agustín, ¿qué te hace creer en él? ¿Tu fe?, no me convence.

Muchos dicen haber visto vírgenes, no creo en eso. Considero que las apariciones son producto de una fe desmedida, una ilusión. No hay que ser loco para imaginar cosas que no están allí. ¿O sí? No creo que alguien haya visto a Dios verdaderamente. Yo lo he buscado, dicen que está en el cielo muy muy alto, pero nada, no hay nada.

Sigo en su búsqueda, quizás aquél sonido, que está siempre, pero que otros murmullos opacan sea Él, Dios cristiano, en caso de que exista. Quizás mis sentidos sean como una venda que tape mis ojos quizás está de forma obvia conmigo y con todos pero no lo siento. Esta idea me alegra el semblante, pero a la final es otra hipótesis más… una bonita.

Básicamente tengo tres teorías sobre Dios: No existe, no lo sabré nunca o ya lo sabré, estoy más cerca. Mi creencia oscila entre las dos últimas. Mi razón me dice que ese Dios cristiano no existe físicamente porque nunca se le ha visto, pero debe haber algo que organice, debe haber algo más grande que nosotros y ese algo tiene que ser Dios, de algún tipo. Siento que no lo sabré en vida, no con certeza, pero sí tengo ¿fe? ¿Es fe lo que tengo? Tengo la… “esperanza” de poderlo saber algún día, quizás después de la muerte. Ojalá algún ser cumpla mi petición y me revele las verdades y responda mis preguntas. Mi tendencia va más a lo último, sobre todo la existencia de Dios, este tema me intriga, tengo que saberlo y en mis continuos viajes, constantes hipótesis, siento que si Él existe, está más cerca.

Por mucho tiempo he imaginado aquel (¿posible?) encuentro. Supongo que al estar cerca de Él, sentiré su presencia, pienso que no será necesario preguntarle quién es, imagino que habrá una señal clara dentro de mí que delate su identidad. Mi primera pregunta sería:

-¿Qué pasará cuando muera? ¿Dejaré de ser yo? Cuando muera perderé la vida, pero ¿también la conciencia?, ¿al morir ya no pensaré? ¿Será que renazco o voy a otro mundo? De opciones cielo e infierno ¿A cuál merezco ir? ¿Es posible que tras la muerte siga volando y que otras almas dificulten mi vuelo?

Diario te dejo por hoy, Me gusta informarte que planeo seguir volando, pensando, viviendo y escribiéndote. Continuaré preguntándome cuestiones realizando hipótesis y vagando por los lugares que pueda para seguir intentando encontrar a Dios.

Albergo la esperanza de que alguien responda mis preguntas, sea Dios, sea un ángel o por qué no, una mariposa, quien sea. No puedo dejar de desear que algún día entienda el por qué de las cosas y tenga una oportunidad de ver el mundo bajo la óptica, bajo el conocimiento de la verdad. Me imagino un momento de total entendimiento: Yo en medio de una calle con los ojos abiertos como platos mirando desesperada a mi alrededor. Sería increíble. Por fin apreciar, contemplar y entender todo aquello que no sé y que con ganas inmensas deseo conocer. ¡Ja! Ya lo has leído hasta el cansancio: Lo que menos me permito es rendirme.