Recorrido

Trigésima segunda
Tema: "Pauta libre"

Muy arriba, donde los cielos pincelan su espacio y las estrellas cantan su luz, un conjunto de ánimas esperan. Les han solicitado presencia y quietud. Brillante, una voz invisible, la más dulce perceptible, expuso:

Estimadas, dichosas almas, están ustedes ante una propuesta. Deberán tomar la más grande decisión posible y pensable. Es importante que asuman que no hay mejor respuesta que la que tomen.

No es fácil de entender, atiendan bien: Están habilitados para continuar aquí cuanto gusten, bebiendo el elixir de la totalidad, conviviendo en mi cercanía y gozando de la atemporalidad. Mas los invito también a lanzarse a una experiencia distinta. Ardua y gozosa, penosa como gloriosa. Angustia y euforia a la vez misma. Los invito a dejar la inmaterialidad y animar un cuerpo. Los invito a experimentar nuevos contextos y a manejarse en ellos. A asumir el riesgo de viajar muy lejos, y hacer, impulso a impulso, su recorrido de vuelta. Recompensas como castigos tendrán, dependiendo de su obrar, de su lealtad para con la verdad y el bien. La invitación, opcional y libre, es… lanzarse al ser limitado.

En el no tiempo, ni antes ni después, algunas almas titubeantes declinaron la propuesta. Otras, listas y ávidas, alzáronse rumbo al sí. Una a una, contactadas con el Todo, se disponían a sustraer el hilo vital. La que estaba entre una y otra, aguardaba su turno. Llegado, rozó la totalidad y se derramó hacia el mundo. Sentidos. Emociones. Razón. Después de una nalgada, todo se compuso entre los brazos de una mujer que llora y observa fascinada.

"Carolina Duarte" tuvo por etiqueta. Rodeada en rosa, en calor y luz incandescente, abría espacio entre el aire, a la vez respirándolo. Desfilaban en su futuro pañales, eructos que lucharían por salir, sin fin de imágenes y fonemas incomprensibles, balbuceantes intentos de pronunciación, extremidades gateantes. Llegaban compotas, chupetas, gomitas, donas y pizzas que devorar.

La esperaban hormigas que aplastar, almohadas que morder, piedras que hacer surcar en el agua, llamadas telefónicas por hacer, rimen y tacones por usar. Estornudaría, se quitaría los mechones de la cara, robaría un lápiz, cruzaría en amarillo, diría mentiras blancas y oscuras.

Odiaría, envidiaría, engañaría, descubriría mentiras, se despecharía, lloraría siete muertes, pelearía, sobrellevaría fracasos, sería robada, caería en tentaciones, sería despedida, así como jugaría, sentiría cosquillas, bailaría, celebraría el éxito de su equipo predilecto, devoraría chocolates, se enamoraría hasta el desvelo, estudiaría, desempeñaría sus ambiciones.

Plancharía, usaría cuarenta y cinco mil isopos, se lavaría los dientes, recibiría vueltos, marcaría cincuenta y siete mil botones de ascensor, se amarraría las trenzas, tomaría yogurt en el metro, se enjabonaría las axilas, se mordería las uñas, abrazaría treinta y dos mascotas, cambiaría las bolsas de basura, apagaría dvds, haría dietas, tomaría ciento siete aspirinas, tomaría leche y usaría cuatroscientos rollos de papel higiénico.

Todo esto haría. E hizo. Luego, veintiséis cumpleaños después, entrelazada con el receptor de su amor, sin intermediarios, motivaría, sin saber, una renovada invitación a las almas expectantes, allá, muy arriba, donde los cielos pincelan su espacio, las estrellas cantan su luz, y la vida espera ser vivida.

Conexiones mentales del niño-joven

Trigésimaprimera pauta
Tema: "Ani-ver-sorio. Versiones de otros"
Link original en Letras a litros

“Cuando crezca quiero vivir en una casa grandota con cinco habitaciones y cuatro baños, (quiero) que haya un lago atrás en el patio donde tenga que explicarle a mis hijos que los patos se fueron a pasar el frío al sur.”

Aunque por ser el más pequeño de la casa, siempre fue consentido, contaba igualmente con una pena que sólo entienden y padecen los niños nacidos en fechas decembrinas: recibir los regalos de cumple y de navidad al mismo tiempo, dos en uno. Pero este pequeño contó con la carga adicional de no poder quejarse porque, después de todo, la vida le echó una broma inexorable: conocer la luz el día de los inocentes. 28/12. Vaya gracia.

Pero eso es tan sólo una parte de la infancia. De chiquito, cuando creía que era hijo de una familia extraterrestre, pero que sus padres humanos se lo ocultaban, entendía “hogar” como la ciudad del auge del Libertador. Luego, con la mudanza familiar a la arena y el mar, dibujaba su casa como un Paraguas Estornudador. Siempre pensó, ya de grande, que sus orígenes se sintetizaban en Bolívar debajo de un Paraguas, achí.

Durante su crecimiento vio en sombreros, boas engullidoras de elefantes. Siempre observador, encontraba timbres minúsculos, relacionaba puertas de discos con las de supermercados, encontraba cangrejos camuflados entre las rocas y veía mejor que los pelícanos los peces que saltaban las aguas.

En estos años de ñerismos, de “lapeós” y “miiis”, comió muchas empanadas de cazón en compañía de unos cuantos perros playeros. Aprendió igualmente a sonreír y a arrugar la cara, sellos personales que hoy lo acompañan.

Hoy ya va para cinco años en Caracas y aún siente vértigo por los carros que pasan arriba y abajo por doquier. Vértigo igual de fuerte por lo sucia, en varios sentidos, que es la ciudad, y por la deuda social que salpica a todos de “cosita”, esa tataranieta de la tristeza, con una pizca de hipocresía que se siente al ver una persona sin recursos, humillada en el oficio del que predica algo como: “su moneda me salvará, señor”.

Y aunque lo acaban de dejar sin celular y con desprecio por Caracas, él ya no es sólo de Ciudad Bolívar y de Paraguachí, el Paraguas enfermo, también es, un poco, caraqueño. Tiene una novia artista y espléndida, también capitalina, y tiene en su carrera, por la que siente lo que denomina “pasión interna”, una profesora que admira, Kosak, que es autora de un libro que habla de los latidos de su tercera ciudad.

Hoy el niño-joven usador de gorros sobre cabelleras a veces largas, a veces cortas, se ocupa terminando su tesis, pero también jugando con yesqueros, aplaudiendo, haciendo burbujas y jugando con pitillos.

Por suerte para el mundo, todas estas características no las comparte sólo a través de su obrar, sino también, gracias Universo, de su escritura.

Encuentra el modo de ser además de fresco en la vida, franco en las letras. Con la motivación de escribir para decirse a sí mismo que existe, obsequia sus observaciones. Regala las imaginaciones y comprensiones de su mente de modo mezcladito, siempre hilado, con ritmo apurado y enumeraciones graciosas.

Y es que el estilo del gestado el día de los inocentes es rendir honor a su día. Es gozar de la sensibilidad necesaria para seguir jugando y seguir intentando entender y conciliar. Es explorar la realidad con idealismo y asomar en la ficción la autoconciencia.

Así, directo desde las conexiones mentales de su cabeza hacia el mismísimo mundo entero, el niño-joven Moisés Lárez entrega sus pensamientos, recién salidos del tostador.

Con esta filosofía de vida, goza de una fortuna que palpa y agradece: “quién más iba a ser feliz, sino yo mismo”. ¿Y quiénes más agradecidos que nosotros, de participar de sus circuitos mentales a través de sus códigos lingüísticos?