Cuarto cuento para el
I Rally Metropolitano de escritores
Pauta: Relato de los pensamientos y las
sensaciones de una de las estatuas del
Paseo los Próceres que resucita repentinamente


Fue la deposición número 3475 de una paloma la que gestó los acontecimientos a continuación narrados. Todo inició a unos treinta metros sobre Fuerte Tiuna. Una pesada paloma volaba hacia Paseo Los Próceres cuando sintió deseos de liberar sus intestinos. Urgida, calculó la distancia al suelo y, pareciéndole imposible llegar con velocidad suficiente, decidió lo imaginable. La blanquecina sustancia cayó y recorrió el camino directo al hombro de la estatua protagónica.

Salpicó sobre la piedra y, contra todo pronóstico, penetró en significativa parte por una fisura generada por otros líquidos semejantes. Adentróse la sustancia a tal grado y profundidad que gestó un hilo vital que removió la entidad externa e interna de la estatua aludida.

Eléctrica por los años de inmovilidad, la estatua-hombre animada se sacudió con fuerza, haciendo caer ramas, piedras y partículas de polvo. Abrió los ojos suyos y se congeló ante las imágenes que se movían a su alrededor.

Frente a sí, numerosos objetos con ruedas circulaban con rapidez, mientras civiles pequeños, y para su criterio desnudos, corrían e intercambiaban ruidos. Olía extraño y curiosas campanas sonaban incesantes en su cabeza.

Confuso, giró en torno a sí y vislumbró el cuadro del cual era parte: Sus compañeros de lucha, los próceres hechos piedra, lo rodeaban. Todos, notó pronto, incluyéndolo, estaban cobijados por la verde amiga, el Ávila. Estaba en Caracas.

Aunque consternado, algo más sereno miró a los altos cielos. Las nubes esponjosas flotaban sobre el cosmos. Percibió entonces la vida entre sus dedos. Sintió el deseo y lo consumó; saltó con fuerza fuera de la base que lo retenía.

El impacto asombró a los presentes. Un sujeto de piedra se levantaba con dificultad. Abandonaron todos las actividades, deteniéronse todas las ruedas circundantes, calláronse todos los ruidos citadinos cercanos.

“Buenas las tardes”, pronunciaron los duros labios del grisáceo.

Murmullos acompañaron el silencio derramado tras su frase.

“¿Podría, favor pido, alguno de los presentes informarme dónde me encuentro y cuál es el estado de las cosas?”

Silencio.

Caminó en círculo e insistió: “¿Acaso, repregunto, podrían ser ustedes los amables en explicarme la actualidad de Venezuela?”

Miradas curiosas le salpicaron.

“Veo que preciso es, para que me celebren y me apoyen, caraqueños, referirles cómo luché por ustedes… Fui durante mi vida férreo luchador y mano derecha del Gran Bolívar. Constituí la Junta de Liberación de Oriente, con la que di, unido a mis compañeros, independencia a Barcelona y Cumaná. Fui Comandante en Jefe del Ejército de Oriente, Jefe del Estado Mayor General del Ejército Libertador y Presidente del Consejo de Guerra de Oficiales Generales. Igualmente, fui ministro de Juez de la Alta Corte del Congreso de Colombia, dirigente principal de La Cosiata y líder de la Revolución de las Reformas.”

Una bomba de chicle explotó.

“¡Caraqueños, caramba!”

Una niña balbuceó: “¿Pero quién eres?”

“Don Santiago Mariño de Acuña y Anastasia Carige Fitzgerald me tildaron para la eternidad como ‘Santiago Mariño’, a sus órdenes.”

“¡Ah! Tú eres el que le dio el nombre a la ciudad, ¿no? ¡el Santiago de León de Caracas!”

“¡No, pero qué injuria!”

“¿El de Compostela es?”

“¡No, sandeces!”

Silencio.

“¡Mariño!, soy el apoyo de Bolívar, fiel luchador republicano, amante del proyecto grancolombiano.”

Silencio.

“¿Acaso, ustedes, venezolanos, no saben de mí?”

“Me suena lo que dices”, dijo una adolescente.

“Le sueno”, repitió el prócer.

Adolorido, giró sobre sí y caminó cabizbajo de vuelta a su espacio, a la plataforma donde sus compañeros-piedra reposaban.

Tras de sí los unos apuntaron:

“Pero estás en la Plaza, sabemos que eres importante”
“¡Te vi en clase en el colegio!”
“¡Mi papá sí se acuerda de lo que hiciste!”

De nuevo sobre la plataforma, ubicó sus pies en el espacio donde –el sucio ambiental lo revelaba– descansaban previamente sus extremidades. Miró hacia el empíreo y exclamó:

“¡Cuánto mejor permanecer de piedra que volverse carne y notarse restos. Luego de morir por cambiar la historia, qué pesar remorir por la guillotina del olvido y la no pertenencia a la historia gestada!”.

Un ave oscura se apoyó en su hombro izquierdo y con su trino sintonizó con Mariño, quien, cortado el hilo vital, se apartó de esta tierra para siempre.

“¡Qué desubicado!”, expresó alguno.
“Y qué dramático”, diría un otro.

“Pobre hombre”, pronunció un niño.
“Pobres nosotros”, susurró la madre.