Escrito en agosto para un concurso de ensayo

"La música es un eco del mundo invisible"
Giuseppe Mazzini

La realidad es extraordinaria, si es vista por los ojos del artista. Si no, no.

Para quienes viven la realidad con las manos del trabajo, de la rutina y la mundanidad, las alcantarillas gritan la verdad de las sociedades: las pudriciones e inmundicias. Las calles recogen la grasa de los vicios de los ciudadanos y el polvo acumula los errores sin arrepentimientos sobre los objetos y los seres.

Para ellos, quienes no ven, el mundo está lleno de alfombras raídas, clinejas desatadas, mentiras ocultas, lápices partidos, argumentos vacíos y falacias voladoras. ¡Más! De faros rotos, suerte selectiva, ladrillos incompletos, almas corrompidas y narices amorfas.
Así es el mundo, fatídico y oloroso a dolor y a desengaño para todos aquellos que miren hacia abajo y que respiren la materialidad de las llaves y lo sensorial de un refresco.

Pero el mundo es más. Entre tantos seres, hay quienes ven, desde un adentro, ven con emoción. Ellos, quienes sienten lo que ven, ven más. Al contemplar con la emoción, se des-cubre, bajo el velo, lo fascinante y trascendente. Se trata del mundo que conquista a los artistas. El que los obliga a vivir una suprarrealidad sin desprenderse del origen. Ésa es la dulce tensión: el adentro y el afuera.

El arte es una manifestación humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada a través de distintos recursos. Es, pues, la transformación de estímulos externos a través de realidades y visiones internas.

El arte conjuga el qué y el quién. Es la unión, en busca de un sentido, de cuanto es y de quien conoce. De allí que el arte permita ver. Que el arte sea, como predicó Kafka, una expedición a la verdad.

Para hacer conocer su verdad, el arte recurre al hombre. Se hace de él para dar a ver. El afortunado artista, gracias a su emotividad, gratitud y apertura, naturalmente se deja asir y escucha sin mayor fin. Escucha la canción cónsona y perfectamente imperfecta que chispea el mundo. Ve, con sorpresa y sin prejuicios, lo sublime y lo grotesco. Percibe las piezas blancas, grises y negras de esta melodía que irradia el mal llamado Universo. Percibe, con cada una de las notas de su interior, el Pluriverso infinito.

Así, quien vive el arte se deja tomar. Permite que sus sentidos y sus emociones capten, que la verdad fluya. Pero este don tiene un costo simbólico. Amerita un falso sacrificio. Un trabajo que no es tal. Se trata de un vivir de puntillas. Vivir desde una realidad, tendiendo a la otra. No hay otra forma de alcanzar la sinergia.

Sin embargo, lejos de ser un esfuerzo, esta forma de vivir es un impulso. Una necesidad. Es un deseo propio y congénito, porque quien ama el arte, quien siente el verdadero desprendimiento-dependiente por el arte, no conoce límites ni dificultades. Tan sólo posibilidades y deseos.

De allí que los siete artes, y los nacientes artes rellenos de tecnología y futuro, retraten y dancen sobre lo que es, lo que debe ser y lo que puede ser. Es el campo de las posibilidades deseadas y consumadas. Los actos y las potencias.

Por el arte dejamos que nos brote el esfuerzo de vivir la ficción desde la realidad. Por él, con palabras del actor, mimo y bailarín Lindsay Kemp y del literato Jorge Luis Borges, vivimos los sueños de papel, y los sueños que, desde el oficio de escribir o desde el placer de la lectura, nos dirigen pulso a pulso y página a página.

Así, por el arte esperamos a Godot, por él despertamos como cucarachas gigantes, por él vivimos en Macondo. Por él miramos con ansiedad a través del cerrojo de la puerta, por él dejamos que nuestras orejas se alarguen para ser elfos y que nuestras aletas desaparezcan para entender a Ariel.

Porque hay entrega, en el arte no hay peros y miramientos. No hay límites. Porque el sujeto artista se sabe afortunado, se limita a escuchar el susurro trascendente provisto de verdad con el único cálido esfuerzo de permanecer de puntillas: desde aquí, por el allá. Por la comprensión, por la percepción de la verdad.