Para el que está aburrido, un diario abandonado es una especie de regalo especial. Sin su nombre ni nombre del destinatario, pero de una persona para él. El otro pudo haberlo botado, pudo haberlo llevado a casa y atesorado en una pila de noticias, pero no. Ha escogido que sus contenidos tengan otro par o pares de ojos.

Esa es una lectura. La otra es que la persona ya leyó y no quiere ni cargar ese peso a casa ni si quiera ocuparse de arrastrarlo hacia el papelero más cercano. Lo deja en el banco porque es la acción más rápida y sencilla que hay para deshacerse de un papel que ya no sirve porque las noticias ya saltaron a su memoria.

La personalización está en la recepción. Es el gesto de un alguien, tan desconocido como se puede, hacia otro alguien, que coincide con ser la persona que más se conoce, uno mismo. Desde el yo, hay un gracias silencioso. Uno callado porque no hay figura a la que agradecer y porque lo más seguro es que esta reflexión no haya existido y sea solo el la atención lo que se pone en práctica en la lectura de noticias que no son de nadie, ni de ese alguien ni mías, considerando que nunca ha llegado el censo a mi casa, nunca me han llamado por las famosas encuestas de opinión pública ni he ido a una marcha. El diario habla de un todos conceptual, pero no de mí, de la misma manera en que recibo el diario, sin ser parte del imaginario del dejador.