Una vez un judío me dijo que Dios, más que un creador, era un arquitecto. Tras mi mirada, entonces incrédula, explicó: Velo en los cambures. Crecen de la tierra, en una planta que los alza. Son protegidos por una cobertura que los protege. Su color indica su estado, si están listos o no. Cuando lo están, caen por su propio peso. Si no son consumidos, fungen de abono. Si son comidos por algún ser, proveen de energía y alimento. Tras su digestión, salen del cuerpo comedor y son capaces de regresar a la misma tierra original y fundirse con ella.

Eso recordé cuando, de la nada, tuve un chispazo: los cuerpos, para morir, enferman, padecen, se debilitan. Simplemente no sucede que, sin razón alguna, un cuerpo sano y un ánimo tranquilo que esté en movimiento se detenga y caiga sobre la acera, yerto. Es que el cuerpo humano, como el plátano y todo todo todo, es una estructura organizada. Es un organismo-máquina con sentido. Creo que cuanto nos rodea, aunque no entendamos, tiene una lógica.

Y sin embargo, esto de combustión espontánea me intriga sobremanera. Aunque, leyendo no es algo que eche en tierra mi hipótesis, solo es algo extraño, mucho muy extraño, que, aunque menos comprensible, tiene su lógica.